imiendo gracias a mí, pese a que siguieran teniendo alguna caída inevitable, como aquélla que yo sorprendí un
domingo por el ventano de la vinatería. Posiblemente, aquel vicio les venía de la infancia, como a tantas niñas,
de buscar una en la otra el hombre imposible y, luego, de no encontrar en el hombre aquello que buscaban, y tam-
bién de la inercia de su vicio, pues ya se sabe que el remedio suele ser mejor que la enfermedad (y no peor, como
dice el pueblo), de modo que el opio que cura un dolor se convierte, de mero remedio que era, en el mayor plac-
er de una existencia, en placer insustituible. Pero ellas se estaban sustituyendo a sí mismas por nosotros, o al
menos así lo razonaba yo, en mi afán impenitente por teorizar y hacer psicologismo, que era la última fiebre que
me había cogido.
Actores y espectadores del drama estaban allí, en la iglesia, y la misa, dado lo avanzado de la estación, se decía
con las puertas abiertas, de modo que a un extremo del profundo ámbito estaba el altar, con su fulgor nocturno
de luces, velas y oros viejos, mientras que al otro extremo estaba la gran boca del día, el «azul indestructible», que
había leído yo en un modernista, llenando el portón y el portalón con su realidad y su libertad. Siempre que iba
a la iglesia, yo seguía comportándome con absoluta corrección; pues había sustituido la unción de antaño por
una especie de buenas maneras aristocráticas y deferentes (o que yo creía tales) y que querían ser como una con-
cesión elegante a todo aquello en lo que ya no creía, una indulgencia de hombre de mundo, y respondían, asimis-
mo, a mi nueva visión de la misa, del culto, de la liturgia en general, como una especie de representación, como
un. minué sagrado y antiguo en el que había que demostrar, cuando menos, el refinamiento y la clase, ya que
todo era pura convención y valor entendido. ¿Acaso no hacía lo mismo don Agustín con su manera estudiada de
recogerse el vuelo del manteo, de posar la mano levemente en el borde dorado del púlpito, o de alzarla en el aire
morado blandamente, como para dejar que se posase en ella el halcón del concepto, en una cetrería a lo divino?
Y allí estaba yo, elegantemente arrodillado, dentro de mi ropa pobre, con los guantes amarillos entre las manos,
cogidas una a la otra con una mezcla de piedad y mundanidad que había visto en ciertos viejos y elegantes
caballeros cristianos de cuya fe, a pesar de todo, me permitía dudar. A María Antonieta le halagaban mucho mis
buenas maneras en la iglesia, como en el teatro, pues eran la prueba de que había elegido bien, aunque nada me
decía sobre esto, y si quizá le desconcertaban un poco mis guantes amarillos, sin duda los tomaba como etique-
ta más que como provocación. En todo caso, yo era uno que podía llevar guantes amarillos.
A don Agustín le había visto yo pasar, durante muchos años, por mi calle, desde la habitación azul, cuando él
era muy joven, quizá un seminarista brillante, y cuando yo sólo era un niño. Ya coadjutor de aquella parroquia
con ricos muy ricos y pobres muy pobres -una gran parroquia, por lo tanto-, y orador sagrado de cierto prestigio,
paseaba la calle, viniendo del arzobispado y yendo a la iglesia, con un libro abierto en la mano, en el cual leía, y
que para mí era, no sé por qué, las Confesiones de san Agustín. Don Agustín era grande, fuerte, de rostro entre
redondeado y enérgico, uno de esos cuerpos de coloso que la naturaleza se complace en adornar, también iróni-
camente, con un cerebro de intelectual, de modo que en don Agustín, entregado a sus meditaciones, sus libros y
su oratoria, debía haber mucha energía reconcentrada, mucha fuerza recocida, un gañn poderoso y contenido,
un mocetón estallante cuya vitalidad no entendía yo cómo podría desaguar aquel hombre de modales suaves,
paso lento y hablar quedo. Siempre me impresionó aquel contraste entre la fortaleza de su cuerpo y la levedad de
su vida, y cuando, de muy niño, había soñado ser cura (como todos los niños), sin duda me imaginaba aquel cura
precisamente, don Agustín, fuerte, sano, sereno, dominante, seguro, plácido, sobrio, serio, lúcido como el otro
Agustín, el de las Confesiones que él tanto leía o creía yo que leía.
A medida que su prestigio fue creciendo, le veía pasar por mi calle rodeado de muchachas piadosas, de chicas
de velo y falda larga, algunas de hábito, que le hacían consultas, preguntas, cosas, y que sin duda vivían el enam-
oramiento casto y soso de aquel varón fuerte y celestial. Él les hablaba con sosiego, con cordura, no sé si
envolviendo en su severidad algún rubor. Ahora usaba unas gafas negras, redondas, pequeñas, que le quedaban
como encajadas entre la mejilla y la ceja, como dos monóculos negros, y movía la mano izquierda, anillada, en
el aire de la iglesia, suavemente, mientras su mano derecha reposaba sobre un libro negro que tenía en la bal-
austrada del púlpito, y que sin duda no era más que otro elemento que jugaba en la escena, pues sólo abrió el
libro al comenzar, para leer una cita en latín, que evidentemente conocía de memoria, y pasar en seguida a
acometer, en abstracto, jugando con lo preciso y lo impreciso, con los conceptos de juventud, guerra, pureza y
clase, el amor y el pecado de la pareja rubia y roja que eran Tati y Cristo-Teodorito.
Don Agustín, se decía, iba a llegar muy lejos, a canónigo, a obispo, quién sabe si a cardenal, y allí estaba doña
Victoria, la marquesa, allí estaban las fuerzas calladas y poderosas del barrio para ayudarle si hiciese falta. Pero
también estaban los padres de Cristo-Teodorito, él muy vestido de negro, no sé si enlutado por la desgracia o eti-
quetado para la solemnidad, y ella entre compungida y envanecida de aquella especie de auto de fe que había
montado para quemar a una pecadora y salvar un hijo, y estaban, como digo, los padres de Tati, más asustados
que otra cosa, recordando quizá sus sueños primeros de vivir en un pueblo apaciblemente, sanando o matando
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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