mulas y bueyes, temiendo ahora que el escándalo -¿qué escándalo?- les privase de lo conseguido: trabajo en todos
los pueblos limítrofes y autoridad sobre los veterinarios locales. Bastaba para ello con que don Agustín o doña
Victoria, la marquesa, hablasen del asunto al jefe provincial o al gobernador. Estaban -gran profanación- Tati y
Cristo-Teodorito, quizá porque ya tenían la costumbre de ir a misa de doce todos los domingos, santificando así
su amor ante los vecinos y, en realidad, acreciendo el escándalo, o bien porque se habían enterado también ellos
de lo que iba a pasar y querían estar presentes y tomar la palma de su martirio, como las vírgenes y los donceles
de los primeros tiempos del cristianismo. Se les veía en unos reclinatorios laterales, estáticos y soberbios, como
estatuas de sí mismos, como los amantes de Teruel, como Romeo y Julieta, petrificados por la consternación, el
dolor y la grandeza de lo que les estaba pasando. Sonreí. Todo el mundo permanecía pendiente de ellos. Estaba
incluso Jesusita, la vinatera, devota y beata en un rincón, rebujo de velos y rezos, sin Miguel San Julián, y esta-
ba todo el pueblo, el vecindario, el coro llano de la tragedia, inflamado de ese espíritu inquisitorial y sagrado que
se levanta de pronto del hondón de España. Yo escuchaba las teologías de don Agustín (Darío les hubiera lla-
mado sofismas) y miraba y olía muy de cerca mis guantes amarillos, perfumados de cómoda y pasado, sabiendo
ya, que allí no iba a pasar nada o que estaba pasando todo. Don Agustín estaba condenando el amor de Tati sin
saber que aquel amor, como me había sugerido María Antonieta sin querer, quizá estaba salvando a la muchacha
de algo mucho peor. La moral, me dije, como la ley, es siempre una simplificación. Tati y Cristo-Teodorito, en
sus reclinatorios, eran como dos estatuas yacentes que de pronto se hubiesen arrodillado.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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