ra no dejaba de fascinar por sí mismo al personal, siempre necesitado de magnitudes, amén de las artes y oficios
de la doña Nati.
Así las cosas, entre vinos y bromas, íbamos por aquellas calles decoradas de mujeres bíblicas y pecadoras, los
cinco amigos, y Empédocles, como siempre, hacía ruidos de violín con la boca, y se interrumpía de vez en cuan-
do para decirme tienes que irte de aquí, muchacho, sabes que me has caído bien, me eres simpático, te quiero
como un amor imposible o como un camarada, no sé, y te digo que esto no es para ti, aquí Diótima, con todo
su Hölderlin, no tiene arranques, y Teseo y yo mira cómo estamos ya, pero tú sal al mundo, vete, no dejes que te
ahoguen aquí, marcha, huye, deja tu empleo si lo tienes, deja a esa novia que me dijiste, haz algo, te habla un
viejo. Darío Álvarez Alonso se paraba en las puertas a hablar con las meretrices en su lenguaje de academia, con-
vencido sin duda de que otro tanto hubiera hecho Baudelaire, porque él sí sabía ser sublime sin interrupción, y
Teseo y Diótima iban delante, el muchacho diciendo versos de Hölderlin y el viejo riendo de sus propias cosas.
Estábamos al final de la calle y Teseo se acercó a un chalet ruinoso, marrón, con una verja abierta y un cerco de
tierra en torno. Todos nos agrupamos delante de la puerta. Abrió una mujeraza grande, como de calendario, con
un hombro fuera y la boca llena de comida:
-¿Está la doña Nati, rica? -dijo Teseo.
-Ahora vendrá, chicos. Si queréis esperarla, adentro, que aquí no se puede estar.
La doña Nati, quizá, había salido a pasear al perro, aunque era un poco tarde. Nos pasaron a una habitación
grande, que en principio podía parecer una salita burguesa, o más bien una serie de salitas barajadas, pues había
allí muebles de toda clase y condición, canapés de rayas, divanes de flores, alfombras cubistas y cortinas de cret-
ona. Muchos aparadores y un calendario religioso junto a un espejo, un calendario de ésos que regalan las mon-
jitas por Navidad, a cambio de una limosna para sus pobres. Recordé haber oído que la doña Nati era muy car-
itativa y tenía algunos mendigos y monjas pobres a su cargo, mimetismo quizá de las caridades que a otro nivel
hacía doña Victoria, la marquesa, con la iglesia y con los miserables del barrio. La moza se fue masticando, voy
a terminar de cenar, chicos, si gustáis, y Diótima y Darío seguían con la mirada a aquella mujer, que subía una
escalera con mucho juego de formas bajo su bata. Más que de salita burguesa, aquello tenía algo de chamarilería,
aunque tampoco, porque todo olía a humedad sexual, a viscosidad y tabaco, a mujer desnuda y hombre borra-
cho. A ver cómo te portas, Diótima, decía Teseo, y cuando Empédocles se iba a dormir en su butaca, arrullado
por sus propios conciertos, apareció la doña Nati, sin que la hubiéramos oído llamar (a lo mejor estaba dentro de
la casa, ocupada con otro cliente) y su presencia llenaba toda la puerta de la sala, y nos miró con severidad y
quizá un poco de asombro. Teseo se levantó y le besó la mano. Mire usted, doña Nati, se trata de este muchacho,
le tenemos bajo nuestra protección, aún no conoce mujer, hemos pensado que usted, con su clase, y volvió a
besarle la mano, ahora sin motivo, aunque la primera vez tampoco lo hubo. Bien, ya sabéis el precio. Claro, claro,
pero lo que quisiéramos, siguió Teseo, es que nos dejase estar presentes (y nos abarcó con un ademán de su mano
morada), va a ser una especie de ceremonia, ya comprende, algo inolvidable, somos artistas y.. O sea, que va a
ser divertido, dijo ella, y rio mostrando unos dientes blancos y muy pequeños, impropios de aquella mujer tan
grande.
Subimos todos por la escalera, detrás de la doña Nati, y pasamos pisos en los que se veía juerga de hombres
y mujeres, y otros pisos donde había mujeres solas, aburridas, fumadoras, y un corredor donde sólo había una
vieja pulcra cosiendo medias, como una abuela en su hogar burgués, y habitaciones donde cuatro hombres solos
jugaban a las cartas. La doña Nati les saludaba a todos familiarmente y Teseo no dejaba de asomarse a algunas
puertas y hacer una broma amable. La alcoba de la doña Nati era roja, papal, lujosa a primera vista, raída en
cuanto se observaba, falsa alcoba que sin duda ella sólo utilizaba para el oficio, yéndose luego a dormir con el
perro en la casita limpia que le puso el marqués. Nos movíamos como en un aire pontificio y ella dijo sentaron,
sentaron, y una vieja criada trajo vino blanco y vino tinto y anís para la doña Nati, que empezó a desnudarse en
aquella penumbra roja, con mucha lentitud de carnes y mucho juego de ligas, hasta la ostentación en los armar-
ios de luna de su cuerpo blanco, poderoso, ingente, vencido ya en una majestuosidad de vieja piedra labrada por
Miguel Ángel y afrentada por el tiempo. Era una lámina de Rubens con luces de catedral y se sentó en la cama
a tomarse una copita de anís con mucho primor de manos de monja, como si estuviese vestida hasta la barbilla
y de visita. A ver el neófito, dijo con una sonrisa de sus dientes menudos, y Empédocles, que estaba a mi lado,
me susurró lástima no haber traído el stradivarius, pero en la habitación de al lado sonaba una radio con lamen-
tos flamencos y yo, cuando vi a Diótima, desnudo, tembloroso, blanco, enteco, sentado en la cama junto a aque-
lla mujer, recordé láminas de presentaciones de niños en el templo, degollaciones de inocentes y orgías de Rubens
con amorcillos mejor nutridos que el poeta enamorado de Hölderlin; recordé circuncisiones de la antigüedad y
vi cómo Teseo reía sin abrir la boca, casi negro lo morado de su rostro, y Empédocles miraba con su mirada acu-
osa, fría, y Darío Álvarez Alonso estaba inclinado en su silla, con el codo en la rodilla y la barbilla en la mano
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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