-hermosa cabeza de poeta—-, como examinando una talla lujuriosa y barroca de sillería de coro en una catedral.
Quítate las gafas, criatura, dijo ella, y las gafas de Diótima cayeron al suelo de baldosa con ruido de romperse,
pero no se rompieron, y Teseo las recogió paternalmente y las tuvo en la mano todo el tiempo. Tú debajo, criatu-
ra, que a los hombres os va mejor así, y los primerizos, si no, os quedáis en nada. De modo que ella se puso sobre
él y Diótima desapareció para nosotros bajo aquella masa todavía armónica de mujer sabia, grande, contenida y
antigua. Hubo un rumor de carnes espesas y rítmicas sobre la carne escueta y fría de Diótima, como un reitera-
do golpe de ola buchona contra una roca lisa y helada. Éramos como nobles y cardenales del Renacimiento
asistiendo a las nupcias de un principito feble con una Médicis, una Farnesio o una Sforza de poderosas ancas
de amazona.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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