pecadora, a la que a lo mejor, en sus oraciones, llegó a llamar hija, enternecida consigo misma y con su obra.
Doña Victoria, la marquesa, que no había podido evitar en muchos años que la giganta del perro pasease por
delante de su casa-palacio todos los anocheceres, estaba ahora haciendo prevalecer las puertas del cielo contra las
del infierno, con frases bíblicas que quizá se decía a sí misma y que en verdad no comprendía muy bien, como
nadie la había comprendido nunca.
Un domingo por la tarde, cuando ya agosto tenía ocres de otoño y crespones de martirio en sus últimos soles,
sonaban las campanas de los conventos como a muerto, a funeral o a penitencia, y había como un pasarse señales
de ruido, tam-tams de la selva litúrgica, en aquella unanimidad de campanas, inconfundible y vieja la de la par-
roquia, ligeras las de los conventos de monjas, graves las de los conventos de frailes, y todo el inmenso palomar
religioso que era el barrio andaba alborotado y levantaba el vuelo porque la pecadora iba a entrar en religión y la
novicia iba a tomar hábito. Los fondos morados que salían de los sótanos de los conventos, iban ganando la calle
hasta revestirla de auto sacramental, y yo le pregunté una vez más a María Antonieta por qué su amiga había
hecho eso, pero María Antonieta era cada vez más hermética conmigo respecto de Tati, quizá como si adivinase
que yo conocía el secreto de ambas, y estuve a punto de decirle que sí, que lo conocía, para provocarla, pero no
lo hice. ¿Qué enigma indestructible había entre aquellas dos muchachas que se habían empezado a amar todavía
ninfas? Comprendí que nunca iba a entrar en el núcleo cristalizado de su secreto. María Antonieta me miraba
con sus ojos azules, de un azul intenso, pero inexpresivo, y nada más. Sentía yo que había sido un satélite giran-
do en torno a aquel misterio, y Cristo-Teodorito otro satélite concéntrico, y de órbita aún mucho más alejada. No
sé si había entre ellas amor, la simple inercia de un vicio, ese secreto pueril en que suelen sustentar su amistad
dos niñas, un juramento o algo inconfesado e irracional que las unía. Nadie más que yo sabía que lo que se esta-
ba rompiendo -o acrisolando para siempre- con aquel auto de fe, no era el amor público de un chico y una chica,
sino otra cosa. Recordé unos versos de alguien. No buscaba el alba. La rosa, en su ramo, buscaba otra cosa.
En la tarde litúrgica y cruel, como en una cuaresma improvisada, caminamos hacia el convento, Darío y yo,
llevando en medio a María Antonieta, que iba casi enlutada, seria, grave, pero más hierática que compungida.
Todo en la liturgia es pura metáfora, me decía Darío, siempre aleccionador. A él le llevaba allí una mera curiosi-
dad estética e histórica. Cultural. Sólo le movía la cultura, me dije, y admiré su madurez, su vivir al margen de
los pequeños y pueriles conflictos humanos. Yo estaba algo más implicado que él en la historia y, de todos modos,
mi interés era más psicologista que esteticista. Darío Álvarez Alonso era amable y deferente con María
Antonieta, era cordial y conversador. Ella no hubiese sospechado nunca, me dije, que él me preguntó una vez,
con ironía que provocó en mí mayor ironía, si me iba a casar con la pescaderita. Nos adentrábamos en aquel
laberinto de conventos, en aquellas calles de empedrado medieval y patios santos por donde parecía haber pasa-
do recientemente Teresa de Ávila. Había cancelas finas, casi alegres, y tornos sombríos, de madera espesa, que
giraban con rumor de tiempo. Había patios como plazas muertas y placitas como patios de convento. Había tor-
res enanas con una cruz y una campanita, como para jugar a frailes y monjas, más que para vivir allí siglos de
clausura y penitencia, como realmente se vivían. Supimos cuál era el convento porque otras gentes se dirigían
hacia su puerta abierta. Algunos vecinos y curiosos del barrio remoloneaban por allí, o nos miraban estáticos, y
habían encontrado de pronto la fiesta de aquel domingo vacío en la llegada de tanta gente. A la puerta del con-
vento estaban el coche negro, grande, antiguo, de doña Victoria, y el conmovedor citroën del veterinario,
polvoriento de caminos.
Estuvimos en la parte alta de la gran capilla, llena de gente. En el altar, que era como un escenario, distinguí
a don Martín, a don Agustín con sus gafas negras, a varios canónigos, a doña Victoria, la marquesa, siempre de
perfil en su alto sitial, pájaro elegante y frío en quien parecía vivir el águila de dos cabezas: una atenta y ram-
pante, la otra caída y rezadora. Estaban los padres de Tati, ella más alta que él, y a continuación todas las hijas,
menos Tati, vestidas de blanco. No estaban Cristo-Teodorito ni sus padres. Las prioras y superioras del conven-
to, vestidas de hábito negro, se movían entre novicias de blanco, o así me lo pareció. Aquella llama roja que de
pronto lo descomponía todo era la melena de Tati, y sólo por esto la reconocí, vestida de largo y blanco sayal,
cofundida con otros hábitos blancos. No sé si la ceremonia fue larga o corta, pero hubo ese momento de decap-
itación en que unas tijeras torpes y expeditivas al mismo tiempo, como de jardinero, fueron cortando el pelo rojo
de Tati, podando la hermosa melena que caía en brasas sobre un paño blanco puesto en el suelo. Miré de reojo
a María Antonieta, arrodillada a mi lado. Veía su ojo izquierdo, fijo en la escena, duro, sin parpadeo, pero sin
lágrimas. Cantaban coros celestiales como de un cielo bajo y secundario, coros de vírgenes que parecían naufra-
gar en las aguas crecientes de un órgano o un armónium viejo y poderoso. Tati tenía la cabeza muy caída y a
medida que la iban dejando sin pelo se veía mejor la blancura de su nuca, el nacimiento puro y joven de su cuel-
lo, el sitio de los besos, y me. puse a desear aquello lujuriosamente, con un deseo absurdo, precipitado y sacrílego
que no sé si me excitaba o me divertía.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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