Luego pensé en otra ceremonia reciente, la de la desfloración de Diótima. Ritos y ritmos de la tribu. El mundo
de las meretrices, como el de los gitanos ¿ponía en cuestión a nuestro mundo? ¿No eran todos ellos mundos com-
plementarios? La doña Nati había dependido del señor marqués y luego doña Victoria, la marquesa, había depen-
dido de la doña Nati, había soportado la humillación de verla pasear delante de su casa con un perro que entra-
ba a orinarle en el portal. Los gitanos vivían de explotarnos, de explotara Teseo y sus vicios, por ejemplo, y
nosotros, y doña Victoria y los amigos de la Casa de Quevedo y don Agustín, el coadjutor y orador sagrado, nece-
sitábamos de las meretrices y de los gitanos como ellos de nosotros. No éramos sino realidades complementarias.
El padre Tagoro necesitaba de los ciegos como ellos de él. Creían ganar el cielo juntos y sólo se estaban ganan-
do unos a los otros. Doña Victoria estaba, quizá, purgando en Tati la humillación y el horror de que existiese la
doña Nati. Y si todo era un todo, entonces sí que yo me sentía perdido, mareado, y comprendía que no había
solución ni salvación para nada ni para nadie. Diótima había nacido a la carne en una ceremonia grotesca que
la mirada de Darío -la mirada imparcial de la cultura- había recogido con el mismo interés o desinterés científi-
co con que recogía ahora esta otra ceremonia en que Tati moría para la carne. La figura de Tati se me había per-
dido entre el ritual del altar, y los coros de vírgenes necias renacían de la Biblia y de las aguas del armónium para
llenar los ámbitos con su cántico enorme, celestial y mediocre.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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