Carmencita María, aquella noche, había bailado como para mí. ¿Me llevas luego a la pensión?, me dijo entre
número y número. Sólo estaba yo aquella noche en el velador habitual, con mis guantes amarillos a un lado y el
café con leche al otro. Cuando salimos a la calle, a la hora en que barrían el café y ponían las sillas encima de las
mesas, la noche estaba quieta, como dubitativa, noche de finales de agosto que parecía dudar entre encaminar el
mundo dulcemente hacia el otoño, tras la luna errante, o hacia un nuevo y prolongado estío. Carmencita María,
vestida de calle, no parecía la mujer grande y tremenda del escenario, sino una novia pobre de barrio. Sólo en el
rostro llevaba los estigmas alegres y sombríos de su oficio, de su máscara, y mirándole a la cara parecía como si
por debajo del leve abrigo debiera asomar la bata de cola.
Sin ser una gran artista, llevaba el perfume de las grandes artistas (perfume que había respirado yo a veces,
cuando pasaban por la ciudad, entrando en su camerino un momento, con el entrevistador local, lleno siempre
de reverencia y fascinación por los monstruos sagrados de aquella otra vida en la que se podía ser sublime sin
interrupción). De modo que por esto comprendí que lo primero, para triunfar en el mundo, era oler como olían
los triunfadores, oler a triunfador, y que Carmencita María estaba en el buen camino, pues que había encontra-
do en seguida la fórmula de ese olor, no tan fácil de encontrar, si bien seguía siendo una bailarina para cafés can-
tantes de provincias, y ya iba entrando en años, pues el tiempo corre para los que buscan la gloria más que para
los demás. De todos modos, ella tenía contrato con una sala de la Gran Vía madrileña, para el otoño, y así me
lo dijo. Me voy a ir pronto de aquí ¿sabes?
No supe si me importaba o no me importaba que se fuera. Uno nunca sabe lo que siente respecto de las
mujeres. Uno no se enamora hasta que se van. Yo, esto lo atribuía’ entonces a inexperiencia (Carmencita María
era mi segundo episodio, puesto que María Antonieta había sido el primero, el hada buena que con su beso mági-
co en la frente me redimió como para siempre de las jornadas alucinantes del retrete). Paseamos lentamente por
la ciudad, transversalmente a la noche, y llevé a Carmencita María a visitar los viejos barrios, la plaza, mi plaza,
donde ya nadie cantaba, mi propio portal, todo de guirnaldas muertas y pastoras antiguas bajo una luz de bom-
billa sonámbula. No había nadie a aquella hora besándose en las sombras. La llevé al barrio de las meretrices y
le expliqué quién era la doña Nati, y doña Victoria, la marquesa, y le conté el día que habíamos llevado a Diótima
a conocer mujer, y ella rio mucho con esto, y también le narré la historia de los amores de Tati y Cristo-Teodorito,
que no dejó de fascinarla. Vivís en la Edad Media, me dijo. ¿Por qué no te vienes un día a Madrid? Le mostré la
parroquia, en la que tan brillantemente predicaba casi todos los domingos don Agustín, y quiso conocer el con-
vento donde Tati estaba encerrada ya para siempre, y aunque el convento era como un palomar muerto, no dejó
de impresionarla aquella clausura o semiclausura, y se apretó un poco contra mí, como estremecida por tanto
sacrificio o por la brisa de aquellas afueras llenas de huertos religiosos, donde los olivos y las encinas eran de
metal verde a la luz de la luna y sonaban al viento como un mar litúrgico. No le hablé, claro, de María Antonieta.
También llevé a Carmencita María a ver la fachada de la Casa de Quevedo, toda de yedra y enredaderas, y
advertí que a ella Quevedo se le confundía en la cultura general con Lope de Vega.
Entramos en algunas de las tabernas insomnes que nos habían descubierto Empédocles, Teseo y Diótima, y
bebimos y nos besamos a la orilla del vino, como a la orilla del agua, y el mismo ciego de otra noche vino a can-
tarnos flamenco con los ojos locos, de una negra blancura, y la boca feroz. Este ciego se le ha escapado al padre
Tagoro, dije, y luego le conté a Carmencita María la historia de la congregación y del padre Valiño y del padre
Tagoro y sus ejercicios espirituales para ciegos. La noche, en torno de cada una de aquellas tabernas, era como
una conspiración de sombras denunciada por el aullido de los perros y la insistencia de las estrellas. Volvimos al
centro de la ciudad, caminando hasta agotarnos, y llegamos a la pensión de Carmencita María, que estaba en la
calle principal, y que era la pensión de artistas del lugar, adonde paraban las compañas de teatro en sus giras
anuales por provincias. Esta pensión, a la que no había subido nunca, tenía para mí un prestigio de consulado
artístico del mundo en mi ciudad, y sabía que en sus alcobas habían dormido mujeres espléndidas, hombres car-
gados de gloria y también toda la tropa luciente y mísera de los cómicos y las cómicas.
Llamamos al sereno, que abrió con su enorme llave, como si nos abriese una catedral gótica, y mis palmadas
en la calle a aquella hora de la madrugada, y la propina al sereno y el subir la escalera de la pensión eran actos
pequeños y solemnes que constituían un ritual por el que me iba iniciando en la noche de las mujeres, pues nota-
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