la felicidad del episodio. Carmencita María no tenía el cuerpo erecto y un poco rígido de María Antonieta, sino
un cuerpo más serpenteante y practicable, aunque -ay- sin aquella homogeneidad inconsútil de mi novia. María
Antonieta era mi único punto de referencia y me pregunté, casi con una sonrisa, si iba a pasarme siempre las
noches de amor haciendo equivalencias y contrastes con todas las amantes anteriores, y si mi cerebralismo iba a
llegar hasta ahí.
Luego, estuvimos tendidos en la cama, boca arriba, bajo la colcha de luz y sombra de la lámpara, y algo gote-
aba en el palanganero, y se oían unos pasos tardíos por el hule del pasillo.
-Ya sabes que te espero en Madrid ¿eh? -me dijo Carmencita María besándome en un hombro.
Pero yo experimentaba un deseo súbito, apremiante y casi gozoso de que fuera la mañana siguiente, de volver
a mis cosas, de estar en la habitación azul, leyendo o escribiendo en mi diario, mientras mi primo tocaba en el
laúd tarantelas napolitanas, O sole mío, romanzas, boleros, música del Caribe, de volver a la Casa de Quevedo y
saludar a todos los poetas y hablar con ellos de Góngora y Garcilaso, de ir al teatro con María Antonieta lucien-
do en la mano mis guantes amarillos, de subir al monte a contemplar la ciudad y mi vida en panorámica, y el
tren de cercanías, de entrar otra vez en la sala de máquinas del periódico, con un original mío en la mano, para
su segura publicación, y entregarlo al poder rumiante e inteligente de aquellas moles de hierro y acero, de que
nada hubiera ocurrido aún y María Antonieta volviese a besarme en la frente, en una noche quieta y cándida.
Carmencita María debía adivinarme muy lejano, porque apagó la pantallita y nos dormimos. En mi sueño gote-
aba el grifo del palanganero.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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