to de estudio, antes que de frenesí. No me creía tan esteticista como Darío Álvarez Alonso, aunque me hubiera
gustado serlo (quizá él me estaba inficionando secretamente su esteticísmo) pero lo cierto es que el amor de las
dos ninfas, más que enervarme como amante, me apasionaba como estudioso del corazón humano: Y sobre todo,
como estudioso de la mujer.
Había renunciado, por supuesto, a indagar en el asunto directamente, hablándole a María Antonieta (aunque
algunas preguntas pensaba aún hacerle), porque eso sería tanto como desiñar en ella para siempre la negación y
el secreto. Pero me parecía que la única piedra preciosa que había encontrado en mi camino, para decorar mi afán
de sublimidad sin interrupción, era aquel misterio, aquel amor, aquella unión. No quería, por lo tanto, que se me
pulverizase la piedra preciosa. Incluso la tragedia de Cristo-Teodorito y su amante de cabellera en llamas, hoy
sepultada entre el huerto de las monjas y la celda de cal, me resultaba algo vulgar (y seguramente lo era).
Creía no haber encontrado nada de valor en mi ciudad, tan soñada y tan odiada, pero había encontrado, sobre
todo, el secreto y la clave fundamentales: no había oposición de contrarios, no había arriba y abajo, dentro y
fuera, como había creído siempre, en mi visión dualista de las cosas (el dualismo, aunque sea de izquierdas, es
siempre un simplismo). Los gitanos no eran los antagonistas de los vecinos de las casas blancas, frente al parque,
doña Victoria no era el antagonismo virtuoso de la doña Nati, yo no era el antagonismo de Cristo-Teodorito. Pero
entonces ¿la lucha de clases?, me preguntaba ingenuamente. ¿La dialéctica de la historia? (Eran conceptos que
acababa de aprender en unos libros que me dejara Diótima, contrapesando así mi excesivo escoramiento lírico
con una carga de ideas políticas.) Precisamente el mal, lo diabólico, estaba en eso, en que todo fuese uno y en
que, en la explotación del hombre por el hombre, el explotado fuese cómplice del explotador. (Este lenguaje, en
mi diario, me sonaba como prestado: aún tendría que asimilarlo y hacerlo mío, a lo largo de los años.) Mi primo,
a aquella hora, terminados los versos y las cartas, y la ojeada desganada a los textos viejos de las oposiciones que
tenía que preparar (quizá tampoco él era sublime sin interrupción) se entregaba a la melancolía convencional del
laúd, a contraluz en el balcón, o como gondolero en la góndola encristalada del mirador, por los grandes canales
del cielo, donde la noche se hilvanaba como un copo de sombra en torno a la espadaña de la torre. Entonces fue
cuando vino Jesusita, la pequeña bruja, a buscarme, y salí con ella, dejando las páginas de mi diario desorde-
nadas bajo la lámpara, porque había muerto la madre de María Antonieta.
Salimos al anochecer preotoñal y Jesusita me habló, de prisa y revuelto, como siempre, de lo de Tati. Ella
había estado en la toma de hábito, aunque yo no la vi, entre el público, y por fin me contó la muerte de la vieja
pescadera, que había fallecido en la butaca del teatro, en el primer concierto de la temporada. Pensé que había
pasado del orujo a la música, de la música al sueño y del sueño a la muerte, en una gradación perfecta. Con la
muerte de Sócrates y la de Goethe, ésta era la tercera muerte ejemplar y serena que yo conocía en toda la histo-
ria de la humanidad. La vieja pescadera borracha había sabido morir como los clásicos de todos los tiempos. Para
nosotros quisiéramos una muerte tan dulce y matizada. Por lo visto, había fallecido durante el concierto, después
de entrar en su sueño filarmónico habitual, y su hermana, la hermana soltera que iba siempre con ella al teatro
(y que ahora ocuparía su lugar en la pescadería) la había dado por dormida, de modo que cuando la orquesta y
el solista local hicieron su acostumbrada concesión a Rimsky-Korsakoff, la pobre ya no pudo disfrutarlo.
Al llegar a la casa, abierta, encendida, con esa cosa de recepción que tienen a pesar de todo los duelos, María
Antonieta, que me había enviado a buscar por Jesusita, vino a por mí por el pasillo y la besé en las mejillas. Vestía
una precipitada rebeca negra, como luto urgente sobre sus ropas de película. La capilla ardiente estaba en el
comedor, del que habían sacado la mesa, y la muerta, muy puesta de velos y joyas, tenía una dignidad de infan-
ta doncellona que no había tenido en vida, pues ya decían los clásicos que la muerte a todos iguala, y así como
el muerto ilustre suele perder el gesto y ponerse feo, el muerto plebeyo (artesano, por usar la tan querida palabra
de mi abuela) aprende con la muerte a hacer el gesto de la suprema dignidad, el que nunca habría sabido hacer
de vivo. Al poco tiempo llegó Darío Álvarez Alonso, y esto me sorprendió, aunque no mucho, y hablamos un
momento en voz baja y ‘en seguida observé en él la mirada miope, de ojos entrecerrados y cejas caídas, que
recogía como valores culturales a examinar las platas de los aparadores, la acumulación apresurada de riqueza
que el bienestar y la pescadería habían dado a aquella casa, los muebles de un versallismo de purpurina y los ros-
tros de las gentes del mercado, endomingadas para la muerte, reverentes ante una de las más antiguas y prósperas
compañeras de trabajo, sobre todo los criados y empleados de la vieja pescadera, como coliflores compungidas,
como berzas con corbata, como corderos revestidos, pues lo que ellos mismos tenían ya de vegetal, de hortaliza,
de lanar, aparecía ahora evidente, por el contraste de la ropa nueva y estrecha, como por la representación que
eran ellos de frutas y animales, que en rigor debieran haber llevado allí, hasta meter todo el mercado en la
habitación, para que la muerte muriese, como los faraones, rodeada y asfixiada por la abundancia que tuvo en
vida.
Sentado en una silla dura, Luis no sé cuántos (qué misteriosa afinidad de los pescaderos españoles enriqueci-
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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