dos con los Luises de Francia o de la Francia, como decía Darío Álvarez Alonso), eché de menos mis guantes
amarillos, aunque en realidad hubieran sido una falta de respeto a mi suegra muerta. ¿Mi suegra? Miré las pare-
des, láminas de calendario enmarcadas con derroche, empapelados demasiado fuertes, figuras de una porcelana
irredenta, y me imaginé reinando en todo aquello, en una casa llena de pequeños y futuros pescaderitos, porque
aquella muerte suponía un empujón más a mi vida, hacia la pescadería, pero me dije que no una vez más, inte-
riormente, y miré a María Antonieta, como si pudiera haberme escuchado los pensamientos. Pero María
Antonieta estaba erguida, hierática, dura, fría, recibiendo besos y llantos, y delegaba en sus tías, las hermanas de
la muerta, que eran como inútiles repeticiones de ella en pobre y en soltero, todo el sentimentalismo del caso.
María Antonieta no tenía otra elegancia que su frialdad, o no era fría sino por sentido innato y deformado de la
elegancia, y fue cuando alguien inició un rosario común, multitudinario, sonoro, inundante, como un río de pal-
abras que crecía en oleadas (don Martín, el viejo párroco, estaba en algún rincón) hasta anegar aquello: río en
que la barca del ataúd cabeceaba con su muerta dentro, al vaivén de las velas, como llevando una infanta difun-
ta y gorda en la corriente negra y caudalosa de la muerte.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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