dejaba de amarla. Y esto me preocupaba, no por ella, sino por mí. Es lo que cualquiera hubiese llamado inesta-
bilidad. ¿Era yo un inestable?
Era un lírico. Amaba a la mujer desconocida, o lo desconocido de la mujer. Cruzamos pinares hondos y rezu-
mantes, legiones de chopos como enmarañados de estrellas, campos amarillos y dulces, blancos en la noche, y
empecé a gustar la embriaguez de aquella escapada hacia la acequia de otros tiempos, huyendo del duelo de ver-
duleras y del cadáver de la pescadera.
María Antonieta, delante de mí, era una melena de noche, una blusa clara y unas piernas desnudas. Se había
descalzado para pedalear y llevaba sus sandalias colgadas también de la bicicleta, en el manillar. Decidí amarla
por el gesto lírico de aquella noche, por aquella escapada. A veces volvía la cabeza y me sonreía un momento.
Llegamos a la acequia, tras remontar una cuesta, y los chopos y álamos le daban al canalillo aquella perspectiva
tan conocida de las láminas renacentistas, cuando se inventó la perspectiva en la pintura. Aquella perspectiva de
mi pasado reciente, que también era ya una lámina.
Dejamos las bicicletas tumbadas en la hierba seca y caminamos cogidos de la mano. Ella iba descalza. En un
punto nos detuvimos y empezamos a desnudarnos para entrar en el agua. La noche estaba enervada de grillos,
del canto y el quejido de todos los seres minúsculos que la poblaban y que eran como la nervatura sonora del
campo y el cielo. El susurro del agua en la acequia era una cinta suave y negra que se deslizaba hacia lo más
negro. Entramos en el agua de golpe, con estampido de espumas, como despertando el fondo dormido de la cor-
riente. Era irrumpir en un escalofrío que corría continuo por la superficie, y que en seguida nos electrocutó dul-
cemente de frescor y ligereza. Nadamos en direcciones contrarias (la estrechez de la acequia apenas permitía otra
cosa) y luego uno hacia el otro. Nos besamos chorreantes y salimos a la orilla. Corrimos y nos secamos con nues-
tras propias ropas. Luego estábamos ambos tendidos a la orilla del agua, y yo veía el cuerpo blanco de María
Antonieta, como dándole luz a la luna nueva. Estaba inexpresiva, serena, enigmática, sin llanto ni risa. Sólo con-
tigo puedo hacer estas locuras, dijo. Era como un elogio.
La miré muy de cerca en los ojos. ¿Cómo te sientes? Se encogió de hombros. Triste, dijo. Me refiero a Tati,
aclaré, dejando de lado el tema lamentable, evidente, obvio, de la muerte de su madre, que era de lo que veníamos
huyendo. ¿La querías mucho? Hablas como si estuviera muerta, me contestó. Tienes razón. ¿Significaba esto que
le quedaba a María Antonieta una esperanza, que les quedaba a ambas una esperanza? Improbable. Quizá era
sólo una manera de evadirse de mi pregunta y, sobre todo, una rebeldía ante mi confinación de Tati en el pasa-
do, cuando quizá en su corazón era muy presente. Seguí mirando dentro de sus ojos azules, claros, ensombreci-
dos ahora de noche y enigma. Primero, yo había querido ignorar aquello, el secreto de las dos muchachas. Luego
me lo había explicado a mí mismo con razones tópicas, pueriles e inútiles. Y ahora sabía ya que el cofre estaba
cerrado para siempre. Iba a hacerle más preguntas, pero no se las hice. Sólo contigo puedo hacer estas locuras,
había dicho un momento antes. Yo era el que tenía que entender y secundar todas sus locuras. No convenía
defraudarla. Giró levemente su cuerpo, haciendo crujir la hierba seca, y estuvo casi sobre mí.
Nos acariciamos con manos mojadas, frescas de brisa, olorosas de hierba, e hicimos el amor sin aprendizaje
ni delectaciones, directamente, más por ir hasta el fondo de nosotros mismos que por satisfacer ningún deseo.
Fue algo rápido, espontáneo, fresco,
ligero y fácil como nunca lo había sido. María Antonieta estaba emotiva,
cargada de muerte, de soledad, de emoción, de llanto contenido, de secreto, de ausencia, y gimió entre mis bra-
zos como nunca, desahogando quizá todos los suspiros y todos los gritos que represaba siempre en su hieratismo
profundo, que yo había interpretado, no sé si con ligereza, como mimético y cinematográfico. Luego volvimos al
agua en una purificación tácita y gozosa. Ya en el lejano apogeo de mis masturbaciones había descubierto yo que
la purificación de la acequia, con sus fondos de légamo fresco y tierra saludable, era más efectiva que el beso del
agua bendita en la frente y el perdón bisbiseado del cura. Pensé con una sonrisa en Miguel San Julián, a quien
había conocido allí mismo. Salimos del agua, nos secamos, nos vestimos y, caminando lentamente sobre un estío
muerto que se hacía ceniza bajo nuestros pasos, volvimos a las bicicletas. Estábamos cada uno sentado en la nues-
tra, con un pie en el pedal.
-Ha pasado mucho tiempo -dije.
Se encogió de hombros.
-Diré que he estado durmiendo.
Quedamos en silencio.
-Ya no me quieres ¿verdad? -dijo.
Afirmé con la cabeza.
-Pero ya sabes que no me voy a casar contigo. Comprendo que ésta sería la ocasión, ahora que te quedas sola...
-Por favor, no me expliques cosas.
-Tienes razón. Perdona.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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