Volvimos al silencio, inmóviles.
-Te quiero —dije-, pero no quiero esta ciudad, esta vida, este trabajo que tengo. Voy a hacer algo. Voy a irme...
-No te irás nunca -me cortó, no sé si despectiva o fatalista. -Quizá no me vaya nunca. Soy cobarde. Pero, en
todo caso, no quiero unirme a nada, a nadie. Ni siquiera a ti. Por lo menos, quiero estar libre para tener ilusión
de que puedo irme en cualquier momento.
Se encogió de hombros.
-No sabes lo que quieres -dijo.
Era un razonamiento muy de pescadera. Algo sabía de mis inquietudes y actividades literarias, pero debía
intuir que eso no daba dinero y que, por otra parte, ella no iba a entenderlo nunca.
-María Antonieta...
-Bueno, vamos - dijo.
Bajamos las bicicletas hasta la carretera y empezamos a pedalear. Ella iba ahora mucho más de prisa, muy
delante de mí, y no volvió en ningún momento la cabeza. Comprendí que aquello había terminado para siempre.
Me sentía aliviado, triste y sorprendido. Y traté de llenarme de gratitudes literarias hacia ella. Mi hada buena, mi
Beatriz, mi... Nada. Ya no servía eso. Casi me desentendía de ella, en mi camino de vuelta a la ciudad, y sólo la
veía como un punto de referencia en la carretera. Estaba despuntando el día y vi nuestra ciudad, allá abajo, en
un ancho y ligero valle, con esa luz oriental de las mañanas que, irónicamente, hacía de las viejas torres cristianas,
románicas, una especie de minaretes en el desierto.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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