destruido genio musical. Teseo iba a reventar de vino y de risa, marginado y desclasado, como era su obligación.
Tati estaba en el convento, purgando eternamente una inexistente culpa, y Cristo-Teodorito estaba en el tren,
camino de otra ciudad medieval y universitaria, para comenzar su carrera de Leyes, lejos del único ser que podría
haber justificado y explicado su vida simple de estudio y congregación. El viejo veterinario andaba por los pueb-
los con el vacío doloroso de una hija en el corazón, los ciegos del padre Tagoro, sentados al sol que no veían,
estaban tratando, a la puerta de sus casas o en la plaza, de que no se les escapase aquel retazo de cielo azul y
eternidad que el padre Tagoro había metido en sus cabezas, y que tendría que volver a meter en la cuaresma sigu-
iente, porque la idea de eternidad no dura una eternidad. Y yo estaba allí, aquí, sentado en una escalera de
cemento, al pie de una prensa copiadora de cartas, haciendo filosofía y tomando conciencia de que había un com-
plot difuso, perdurable e inexorable sobre todos nosotros. Yo nunca iba a ser nadie, nada, en aquella oficina ni en
ningún sitio, porque yo era una provocación ingenua, un desclasado nato, y se me veía en la cara, sin duda, la
burla o la rabia de todo aquello. Quizás, cuando más niño, me habían visto como uno de los suyos, me habían
absuelto por rubio, pero ahora ya no había engaño posible. Y sentía que iba a ser para siempre el niño de los
grabados antiguos, encadenado a un tórculo muy grande para sus pobres fuerzas, un niño de lámina empastada,
gremial y triste.
Por la tarde no tenía que volver a la oficina y estuve en la habitación azul ordenando papeles, rompiendo pape-
les, recogiendo cosas, en esa tarde de limpieza general que es algo así como un viaje frustrado, ni siquiera for-
mulado, quizá, un viaje de vuelo corto en que uno, con todo en orden y dispuesto, se queda quieto, sentado, con
las, dobles y encontradas tristezas del que se va, el que vuelve y el que se queda.
Entre los papeles había surgido una tarjeta impresa con unas palabras escritas a mano. Era la caligrafía incon-
fundible, elegante y clara, de Darío Álvarez Alonso, invitándome al acto de su ingreso oficial en la Sociedad de
Amigos de la Casa de Quevedo, como miembro de número, el más joven de ellos, para aquella misma tarde.
Había recibido la tarjeta la tarde anterior. Mi primo ensayaba en el laúd una romanza nueva que se le volaba de
las cuerdas, como un pájaro indócil, aún no domesticado. Aquella letra de Darío Álvarez Alonso la envidiaba yo
mucho. Era la letra de escribir ensayos clarividentes y poemas luminosos y armónicos. Yo no tenía esa letra, no
la iba a tener nunca y por lo tanto nunca iba a ser un escritor reconocido, como lo estaba siendo ya mi amigo.
Metí la tarjeta en el bolso de la chaqueta, tomé los guantes amarillos -la solemnidad lo exigía, me dije- y partí
hacia la Casa de Quevedo, cruzando la ciudad atardecida, otoñal ya («siempre al anochecer parece otoño»,
acababa de leer en un neorromántico), toda de luces amarillas, blancas, azuladas, con profundos vacíos de som-
bra y multitudes de niebla. En la Casa de Quevedo, algunos de los habituales, que me saludaban levemente. Mi
amigo no había llegado y estuve en un rincón, cerca de la puerta, entre una alacena del xvii y un cuadro tene-
brista sin firma, observando aquel minué de poetas y damas, que Diótima había llamado cursis y que sin duda
eran la «flor y nata» de las gacetillas culturales. Procuré verles con los ojos miopes y resentidos de Diótima, y
luego me pregunté cuántos años, cuántos siglos llevaban allí, reuniéndose semanalmente, intercambiándose bro-
mas y endecasílabos: el poetón campesino, el poeta mundano, el poeta de los años veinte. ¿Habían encontrado
en esto una forma de supervivencia, una zona de intemporalidad al margen de la vida y de los años, un limbo
feliz y discreto, o era todo una mera repetición de la propia vida, una sustitución de la vida por la costumbre, una
suplantación de la emoción por la cortesía y del grito por el suspiro?
Al parecer, el acto no iba a celebrarse allí. Aquél no había sido en esta ocasión sino el lugar previo de cita, y
se supo que Darío Álvarez Alonso, el misacantano, iba a ir directamente al Casino, lugar de la ceremonia, la fies-
ta y la cena subsiguiente, elegido como marco más brillante y capaz para la afluencia de público y comensales.
De modo que hacia allá nos encaminamos (no estaba lejos) en cortés rebaño, y yo no sabía si iba con ellos o iba
solo, si me tenían o no me tenían en cuenta, y comprendí que, sin Darío al lado, yo no era nadie allí, aun cuan-
do ya había llegado a creer que se me consideraba del pequeño círculo. Pero realmente seguía en mitad de la calle,
no era nada, y tuve vergüenza de mis guantes amarillos y los guardé en el bolso, como aquella vez al salir de vis-
itara Víctor Inmaculado, cuando comprendí que la cultura eran ocho horas diarias de estudio a oscuras, durante
muchos años, y no andar haciendo el figurín por los cafés. Precisamente Víctor Inmaculado estaba en el vestíbu-
lo del Casino, y se acercó sonriente y reverente a saludar a los poetas y a las damas, y también a mí me dio una
palmada en la espalda, una palmada que me resultó de intención confortadora, pero que no me confortó nada.
Víctor Inmaculado había sacrificado algunas horas de estudio este día, según me dijo, para asistir al acontec-
imiento. El Casino era un sitio del siglo pasado, con alfombras fucsia, cadmio y frambuesa, ujieres como duques,
duques como ujieres, oros, platas, luces, la decadencia y la corrosión de lo que debió ser un gran esplendor, ero-
sionado ahora por la vejez de los socios, la tos de las tertulias, la parálisis facial de las marquesas y el cansancio
escéptico de las escayolas, que de vez en cuando dejaban caer un desconchón, una muesca, desde sus alturas de
alegoría, Olimpo y desnudos, como recordando a los de abajo: Eh, que estamos aquí y nos aburrimos. A ver si
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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