os morís pronto alguno y por lo menos vemos un entierro.
La recepción en el vestíbulo era ya en sí una fiesta, presidida por el enorme ascensor, un sarcófago vertical en
su jaulón de oro, que subía y bajaba solemnemente, interminablemente, llevando un viejo notario hacia los cie-
los o trayendo un político retirado a reconciliarse con su abrigo en el guardarropa, y de pronto apareció Dárío
Álvarez Alonso en la puerta, sonriente, luminoso y cortés, dando el brazo a María Antonieta, elegante de lutos
bien elegidos, bellísima y como difunta. El rumor andaba por la ciudad y yo le había rehuído inconscientemente,
pero era cierto. Darío y ella ya eran novios formales. «Ha cambiado de princeso», me dije, sonriendo de mi propia
ocurrencia. En todo caso, había encontrado un señorito, el señorito que quería. ¿ramos intercambiables Darío
y yo? ¿Le amaba a él por mí o a mí por él? Seguramente no amaba a ninguno de los dos. O mejor a los dos. Darío
besaba manos, estrechaba manos y presentaba a su prometida. Qué triunfo para ella, reinar una noche en aquel
mundo que tanto había codiciado, sin duda, y al que yo no había sabido ni querido llevarla (y ya sin la vergüen-
za, detrás, de una madre impresentable, a la que habíamos hecho unos honores fúnebres un tanto raros). ¿Cuándo
había empezado aquello? ¿El domingo que Tati tomó hábito? Mi vanidad se remediaba pensando que había
encontrado en él un sustituto de mí. ¿O en mí una prefiguración de él? Qué más daba. Diótima tenía razón. Darío
Álvarez Alonso estaba vendido, no a la prensa local, que aún no le pagaba, sino a una pescadería local. Me salu-
daron ambos como a un viejo y remoto conocido. No sufría por él, por ella ni por mí, sino por una abstracción
cultural. Me había quedado sin modelo, sin amigo, sin profeta. Tampoco la cultura era verdad. La cultura podía
ser el trámite hacia una pescadería. El propio Darío me había descubierto recientemente, por fin, las palabras de
Baudelaire: Hay que ser sublime sin interrupción. Dejé caer mis guantes amarillos, disimuladamente, en un
rincón. Ya no los quería. Pero un ujier vino en seguida a devolvérmelos: «Perdón, señor, se le han caído los
guantes al señor».
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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