Mamá: perdona que me despida de esta forma. Siento dejarte, sobre todo, porque estás enferma. Me voy, no
aguanto más. Ya sabes dónde. Quizá vuelva dentro de una semana. Quizá no vuelva nunca. Interrumpí la carta
y levanté los ojos del papel. A través de los cristales de la cantina veía los raíles del tren, en el horizonte de la
mañana. Había allá lejos un grupo de obreros, trabajando en la vía. La cabeza de uno de ellos, rubia, lucía al sol
temprano. Me levanté y me acerqué a la puerta, para mirar mejor. Me hubiera gustado que fuese Miguel San
Julián. Habría querido darle un abrazo de despedida. ¿Te vas de viaje? Sí, ya ves. ¿Por mucho tiempo? Sí, quizá.
Ya no nos vemos nunca. A ver si cuando vuelvas nos vemos. Pero no, no era Miguel San Julián. Eso nos
habríamos dicho, más o menos. El grupo de obreros se dispersaba. Se iban vía adelante, unos, y otros se queda-
ban arrodillados junto a una máquina que había en vía muerta, dándole golpecitos en las ruedas con sus llaves
inglesas, como cuando un médico nos comprueba el reflejo rotuliano. El obrero rubio era más grueso y más bajo
que Miguel San Julián. Se alejaba de espaldas. A Miguel San Julián no había vuelto yo a verle por el barrio. Sin
duda, había escapado a la trampa de vino y amor que era la vinatería de Jesusita. Quizá tenga ya una novia en
su barrio, me dije, y se casará pronto y vivirá en paz, tranquilo. Tuve nuevamente esa nostalgia falsa, literaria, de
una vida más elemental y sencilla que nunca podría ser mi vida, porque entonces no habría sido yo. Miguel San
Julián era el que yo podía haber sido descendiendo hacia la elementalidad. Cristo-Teodorito era el que yo podía
haber sido ascendiendo hacia la ejemplaridad. Nuestros amigos, nuestros primeros amigos conscientes, elegidos,
los de la adolescencia y la primera juventud, son corno una prolongación o un reflejo de nosotros mismos. Por
algo son nuestros amigos. Suponen otras versiones dé uno mismo. Ramificaciones de nuestra vida que no vamos
a seguir. Como las amigas o los primeros amores. Alguna vez había notado yo que, forjando su mujer ideal, el
adolescente se está forjando a sí mismo, por interposición de otra persona que a lo mejor ni siquiera existe. Pues
lo mismo con el amigo ideal, con el amigo íntimo. El amigo ideal es otra imagen de nosotros mismos, otro espe-
jo en el que reflejarnos como nos quisiéramos. Al amigo, como a la amada, le ponemos nosotros todo lo que le
falta para ser ideal. No sé si esto era lo que Goethe había llamado las afinidades electivas, según me explicara
una vez Darío.
Darío. Sonreí. ¿Me había traicionado Darío -no en el amor, sino en el ideal de sublimidad- o era sencillamente
que no se había ajustado a la imagen que yo me había hecho de él? Se dice que el joven busca maestros. Lo que
busca son espejos. Algo de esto tenía yo anotado en mi diario. (Mi diario, roto en pedazos y quemado, la noche
anterior, o salvado en parte, guardado como para siempre en mi cajón de la habitación azul.) El admirador
tiraniza al admirado, como el enamorado tiraniza a la persona amada. La sublimidad, quizá, se la había puesto
yo a Darío, porque forjar la sublimidad de otra persona es ya forjar la propia. ¿Hasta qué punto era él culpable
de haber traicionado una imagen de sí mismo que le había creado yo? Quizá, cualquier otra persona habría visto
en él desde el principio un joven vanidoso, ambicioso, inquieto, con ganas de revancha y de dinero, con afán
escandaloso de triunfo. La propia Carmencita María me lo dijo una noche ¿no?: Este amigo tuyo es un poco fan-
tasma.
Carmencita María, cuya dirección llevaba yo en un bolso de la chaqueta. O, más exactamente, la dirección de
la sala de fiestas donde ella trabajaba, cerca de la Gran Vía, según me dijo. Con este solo bagaje me iba de la ciu-
dad. Pensé que a lo mejor ya ni se iba a acordar de mí. Tendrá una aventura así en cada sitio donde baila. Si se
le presentasen todos una noche, sería un lío. Me invitó a ir, estaba sola y sentimental, lejos de su casa. Ahora le
parecerá absurdo que yo me presente allí. Pero ya tenía el cartoncito del billete para el tren, en el bolso, con la
dirección de la bailarina.
Había reunido el poco dinero que yo podía reunir. Había salido de casa como todas las mañanas, pero en vez
de dirigirme a la oficina, tomé el camino, un poco más largo, de la estación. Trataba de mirar las casas y las calles
como despidiéndome de todo, pero no tenía sensación de irme para siempre. Las emociones no se improvisan,
no se fuerzan ni se provocan. Llevaba en un paquete alguna ropa, algunos libros, algunos escritos míos. No me
había despedido de nadie, ni en casa ni en la oficina. ¿Y de quién iba a despedirme? Era, por otra parte, la man-
era de no poder volver. Quedar mal con todo el mundo. Pero no estaba muy seguro de no volver. A mamá se lo
decía en la carta. Volví a la mesa y terminé la carta. Le puse un sello en el estanco de la estación y la eche al
correo. La recibirá esta tarde, me dije. Quizás, antes de que yo llegue. Estaré todavía en el tren cuando la reciba.
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