Había desayunado allí, en la cantina de la estación, un café con leche. No había tenido paciencia para desayunar
en casa. Pedí otro café con leche y volví a sentarme. La decisión de echar la carta había sido algo relajante, defin-
itivo, tranquilizador, como si ya todo estuviera resuelto.
La cantina estaba tranquila a aquella hora. Era grande y parecía concebida en aquellos tiempos en que se
esperaba como una solemnidad el paso de los grandes expresos europeos. Los grandes expresos europeos habían
sido una de las últimas oportunidades que tuvo mi pequeña ciudad, que tuvieron las pequeñas ciudades españo-
las, de viajar a Europa siquiera con la imaginación, de que Europa les entrase en el alma como una refrescante
vía de agua. Pero aquella euforia también había pasado, hacía muchos años, y el reloj de la cantina -reloj con
mármoles y alegorías- marcaba una hora cualquiera de una ciudad sin tiempo.
El mostrador también era de mármol, muy alto. Ese mármol veteado de marrón, que es como el monumento
al café con leche que bebemos tanto todos los españoles, y sobre todo en las estaciones. Había espejos, sillas fin
de siglo que fueron casi solemnes y ahora estaban viejas y cansadas, espejos tapados en parte por un calendario
o un cartel de toros: Había camareros en mangas de camisa, fondistas sin fonda, y gentes de la comarca, labrie-
gos tiesos, duros y atentos, que sin duda estaban viviendo la gran aventura ferroviaria de su vida. Olía a café
exprés y a suelo fregado. Por aquella cantina había pasado yo dos o tres veces en mi vida, cuando niño, durante
la guerra, en los precipitados viajes de la familia. Luego se puso de moda entre los señoritos trasnochadores,
calaveras, «perdis», como decía aún mi abuela, tomar la última copa de la noche en la cantina de la estación,
abierta siempre, desvelada de trenes, y una vez había estado yo allí, con Empédocles y los suyos, con Darío y las
gentes del café, viendo y viviendo aquel casino improvisado de la madrugada, con meretrices que parecían
haberse pintado ojeras de carbonilla ferroviaria.
Empédocles, Teseo, Diótima. Los poetas de la Casa de Quevedo. Los del Círculo Académico. Doña Victoria
y la doña Nati. Las viciosas muchachas enigmáticas: Tati, María Antonieta, Jesusita. Había explorado yo mi ciu-
dad en todas direcciones, hacia arriba y hacia abajo. Nada. El misterio de Tati y María Antonieta me parecía
ahora pueril, aunque tenía mucho escrito sobre aquello, en mi diario. Por la ventana, a través del cristal con el
escudo de la ciudad impreso en fábrica, veía el andén de la estación, los viajeros madrugadores, los que estaban
como yo, esperando el tren. Una máquina humeaba en una vía secundaria. Un mozo corría por el andén, no se
sabía por qué ni para qué ni hacia dónde. Los hombres entraban y salían de los urinarios metálicos.
Me levanté y fui a comprar el periódico. Sentado de nuevo a la mesa, lo extendí sobre el mármol. Hacía años
que no veía el periódico tan temprano. Yo, a aquella hora, regularmente, tenía que estar trabajando. El periódi-
co reciente, aún no hojeado antes por nadie, como en la infancia, tenía una cosa eucarística de papel terso y pan
fresco. Lo olí, lo respiré, pero no me apetecía leerlo, o no tenía paciencia para ello. Nada de lo que pudiese decir
me afectaba, me interesaba. Era como ese viajero que, de paso en una estación, compra el periódico local y com-
prende en seguida que no le interesan nada las noticias del lugar, todas aquellas cosas que desconoce. Deja el per-
iódico. Lo ha comprado por inercia. Quizá éste era el yo nuevo que estaba empezando a cuajar ya en mi super-
ficie, como una nata. Pero debajo estaba el yo de años, de siglos. Miré la hermosa cabecera del periódico, sus
letras góticas, fuertes, que me habían fascinado de niño como árboles o como guerreros, como el más hermoso
dibujo de toda mi infancia, gustado incluso antes de saber leer.
Recordé la noche que había entrado en la sala de máquinas del periódico, con Darío. Qué emoción de selva
industrial y literaria, qué impresión de pagoda sagrada del periodismo. Pero no me había sido tan fácil como a
Darío escribir en aquel periódico, o hacer que mi nombre brillase en él. Sólo una vez me habían citado, en aque-
lla gacetilla sobre la reunión semanal de la Casa de Quevedo, y con el nombre equivocado. Aquello me había
parecido una consagración, pero nadie me habló nunca de ello, e incluso yo mismo lo olvidé pronto. Dejé el per-
iódico a un lado, como para abandonarlo, pero luego tuve el movimiento sentimental de doblarlo en cuatro y
metérmelo en el bolso de la chaqueta. Para leerlo en el viaje, me dije mentalmente, por justificarme a mí mismo
el gesto.
El sol del otoño, muy claro a aquella hora de la mañana, hacía brillar los raíles y ponía fantasías de luz en el
humo de las locomotoras. Tornaba alegre la vieja estación de hierro y ladrillo. Yo no sabía, en rigor, por qué me
iba ni adónde iba. Creo que tuve, incluso, ese momento de volver, de escapar corriendo hacia casa o hacia la ofic-
ina. Miré el gran reloj de la cantina. Demasiado tarde, ya, para entrar a trabajar. Empecé involuntariamente a for-
jar una disculpa ante el jefe. El reloj intemporal de los mármoles me marcaba ahora el tiempo implacable de la
tardanza. Estarían ya preguntándose por mí. No, era mejor volver a casa, decir que me había sentido mal por el
camino de la oficina y que avisasen de mi enfermedad. Todo fácil, todo resuelto. En realidad, no había tomado
aún ninguna decisión trascendental. Ya trataría luego de recuperar el dinero del billete, que tanto me había costa-
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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