EL PRESO.-
¡
Todos!
MAX .-
¡
Todos!
¿
Mateo, d
ó
nde est
á
la bomba que destripe el terr
ó
n maldito de Espa
ñ
a?
EL PRESO.-
¡
Se
ñ
or poeta, que tanto adivina, no ha visto usted una mano levantada?
Se abre la puerta del calabozo y EL
LLAVERO,
con jactancia de rufo, ordena al preso
maniatado que le acompa
ñ
e.
EL LLAVERO.-
¡
T
ú
, catal
á
n, disponte!
EL PRESO.- Estoy dispuesto.
EL LLAVERO.- Pues andando. Gach
ó
, vas a salir en viaje de recreo.
El esposado, con resignada entereza, se acerca al ciego y le toca el hombro con la
barba: Se despide hablando a media voz.
EL PRESO.- Lleg
ó
la m
í
a... Creo que no volveremos a vemos...
MAX .-
¡
Es horrible!
EL PRESO.- Van a matarme...
¿
Qu
é
dir
á
ma
ñ
ana esa Prensa canalla?
MAX .- Lo que le manden.
EL PRESO.-
¿
Est
á
usted llorando?
MAX .- De impotencia y de rabia. Abrac
é
monos, hermano.
Se abrazan. El carcelero y el esposado salen. Vuelve a cerrarse la puerta.
MAX .-
ESTRELLA
tantea buscando la pared, Y se sienta con las piernas cruzadas, en una
actitud religiosa, de meditaci
ó
n asi
á
tica. Exprime un gran dolor taciturno el bulto del
poeta ciego. Llega de fuera tumulto de voces y galopar de caballos.
ESCENA S
É
PTIMA
La Redacci
ó
n de
El Popular:
Sala baja con piso de baldosas: En el centro, una mesa
larga y negra, rodeada de sillas vac
í
as, que marcan los puestos, ante ro
í
das carpetas y
rimeros de cuartillas que destacan su blancura en el c
í
rculo luminoso N, verdoso de
una l
á
mpara con enag
ü
illas. Al extremo fuma y escribe un hombre calvo, el eterno
redactor del perfil triste, el gab
á
n con flecos, los dedos de gancho Y las u
ñ
as
entintadas. El hombre l
ó
gico y, m
í
tico enciende el cigarro apagado. Se abre la
mampara Y el grillo de un timbre rasga el silencio. Asonia EL CONSERJE, vejete
renegado, bigotudo, trip
ó
n, parejo de aquellos bizarros coroneles que en las
procesiones se caen del caballo. Un enorme parecido que extravaga.