DORIO DE GADEX.- El primer humorista, Don Filiberto.
¡
El primero! Don Alfonso ha
batido el r
é
cord haciendo presidente de] Consejo a Garc
í
a Prieto.
DON FILIBERTO.- Aqu
í
, joven amigo, no se pueden proferir esas blasfemias. Nuestro
peri
ó
dico sale inspirado por Don Manuel Garc
í
a Prieto. Reconozco que no es un
hombre brillante, que no es un orador, pero es un pol
í
tico serio. En fin, volvamos al
caso de nuestro amigo Mala Estrella. Yo podr
í
a telefonear a la Secretar
í
a Particular del
Ministro: Est
á
en ella un muchacho que hizo aqu
í
tribunales. Voy a pedir comunicaci
ó
n.
¡
V
á
lgarne un santo de palo! Mala Estrella es uno de los maestros y merece alguna
consideraci
ó
n.
¿
Qu
é
dejan esos caballeros para los chulos y los guapos?
¡
La gentuza de
navaja!
¿
Mala Estrella se hallar
í
a como de costumbre...?
DON LATINO.- Iluminado.
DON FILIBERTO.-
¡
Es deplorable!
DON LATINO.- Hoy no pasaba de lo justo. Yo le acompa
ñ
aba.
¡
Cuente usted!
¡
Amigos
desde Par
í
s!
¿
Usted conoce Par
í
s? Yo fui a Par
í
s con la Reina Do
ñ
a Isabel. Escrib
í
entonces en defensa de la Se
ñ
ora. Traduje algunos libros para la Casa Garmer. Fui
redactor financiero de La
Lira Hispano-Americana:
¡
Una gran revista! Y siempre mi
seud
ó
nimo Latino de Hispalis.
Suena el timbre del tel
é
fono.
DON FILIBERTO,
el periodista calvo y catarroso, el
hombre l
ó
gico y m
í
tico de todas las redacciones, pide comunicaci
ó
n con el Ministerio
de Gobernaci
ó
n, Secretar
í
a Particular. Hay un silencio. Luego murmullos, leves risas,
alg
ú
n chiste en voz baja. DORIO
DE GADEX
se sienta en el sill
ó
n del Director, pone
sobre la mesa sus botas rotas y lanza un suspiro.
DORIO DE GADEX.- Voy a escribir el art
í
culo de fondo, glosando el discurso de
nuestro jefe:
« ¡
Todas las fuerzas vivas del pa
í
s est
á
n muertas!
»
, exclamaba aun ayer en
un magn
í
fico arranque oratorio nuestro amigo el ilustre Marqu
é
s de Alhucemas. Y la
C
á
mara, completamente subyugada, aplaud
í
a la profundidad del concepto, no m
á
s
profundo que aquel otro:
«
Ya se van alejando los escollos.
»
Todos los cuales se
resumen en el supremo ap
ó
strofe:
«
Santiago y abre Espa
ñ
a, a la libertad y al progreso.
»
DON FILIBERTO
suelta la trompetilla del tel
é
fono y viene al centro de la sala,
cubri
é
ndose la calva con las manos amarillas y entintadas:
¡
Manos de esqueleto
memorialista en el d
í
a b
í
blico del Juicio Final!
DON FILIBERTO.-
¡
Esa broma es intolerable!
¡
Baje usted los pies!
¡
D
ó
nde se ha visto
igual groser
í
a!
DORIO DE GADEX.- En el Senado Yanqui.
DON FILIBERTO.-
¡
Me ha llenado usted la carpeta de tierra!
DORIO DE GADEX.- Es mi lecci
ó
n de filosof
í
a.
¡
Polvo
eres y en polvo te convertir
á
s!
DON FILIBERTO.-
¡
Ni siquiera sabe usted decirlo en lat
í
n!
¡
Son ustedes unos ni
ñ
os
procaces!