MAX.- No discutamos. Quiero que el MINISTRO.- me oiga y al mismo tiempo darle
las gracias por mi libertad.
DIEGUITO.- El Se
ñ
or MINISTRO.- no sabe nada.
MAX.- Lo sabr
á
por m
í
.
DIEGUITO.- El Se
ñ
or MINISTRO.- ahora trabaja. Sin embargo, voy a entrar.
MAX.- Y yo con usted.
DIEGUITO.- i Imposible!
MAX.-
¡
Dar
é
un esc
á
ndalo!
DIEGUITO.-
¡
Est
á
usted loco!
MAX.- Loco de verme desconocido y negado. El MINISTRO.- es amigo m
í
o, arr
ú
go
de los tiempos heroicos.
¡
Quiero o
í
rle decir que no me conoce!
¡
Paco!
¡
Paco!
DIEGUITO.- Le anunciar
é
a usted.
MAX.- Yo me basto.
¡
Paco!
¡
Paco!
¡
Soy un espectro del pasado!
Su Excelencia abre la puerta de su despacho y asoma en mangas de camisa, la
bragueta desabrochada, el chaleco suelto y los quevedos pendientes de un cord
ó
n,
como dos ojos absurdos bati
é
ndole sobre la panza.
EL MINISTRO.-
¿
Qu
é
esc
á
ndalo es este, DIEGUITO.- ?
DIEGUITO.-
Se
ñ
or MINISTRO.- , no he podido evitarlo.
EL MINISTRO.-
¿
Y ese hombre qui
é
n es?
MAX.-
¡
Un amigo de los tiempos heroicos!
¡
No me reconoces, Paco!
¡
Tanto me ha
cambiado la vida!
¡
No me reconoces!
¡
Soy M
á
ximo Estrella!
EL MINISTRO.-
¡
Claro!
¡
Claro!
¡
Claro!
¿
Pero est
á
s ciego?
MAX.- Como Homero y como Belisario.
EL MINISTRO.- Una ceguera accidental, supongo...
MAX.- Definitiva e irrevocable. Es el regalo de Venus.