humo penetrado del temblor de los arcos voltaicos cifran su diversidad en una sola
expresi
ó
n. Entran extra
ñ
os y son de repente transfigurados en aquel triple ritmo, MALA
ESTRELLA y DON LATINO .
MAX.-
¿
Qu
é
tierra pisamos?
DON LATINO.- El Caf
é
Col
ó
n.
MAX.- Mira si est
á
Rub
é
n. Suele ponerse enfrente de los m
ú
sicos.
DON LATINO.- All
á
est
á
como un cerdo triste.
MAX.- Vamos a su lado, Latino. Muerto yo, el cetro de la poes
í
a pasa a ese negro.
DON LATINO.- No me encargues de ser tu testamentario.
MAX.-
¡
Es un gran poeta!
DON LATINO.- Yo no lo entiendo.
MAX.-
¡
Merec
í
as ser el barbero de Maura!
Por entre sillas y m
á
rmoles llegan al rinc
ó
n donde est
á
sentado y silencioso RUB
É
N
DAR
í
O. Ante aquella aparici
ó
n, el poeta siente la amargura de la vida y, con gesto
ego
í
sta de ni
ñ
o enfadado, cierra los ojos y bebe un sorbo de su copa de ajenjo.
Finalmente, su m
á
scara de
í
dolo se anima con una sonrisa cargada de humedad. El
ciego se detiene ante la mesa y levanta su brazo, con magno adem
á
n de estatua
ces
á
rea.
MAX.-
¡
Salud, hermano, si menor en a
ñ
os, mayor en prez!
RUB
É
N.-
¡
Admirable!
¡
Cu
á
nto tiempo sin vernos, Max !
¿
Qu
é
haces?
MAX
.-
¡
Nada!
RUB
É
N.-
¡
Admirable!
¿
Nunca vienes por aqu
í
?
MAX.- El caf
é
es un lujo muy caro, y me dedico a la taberna mientras llega la muerte.
RUB
É
N.- Max , amemos la vida y, mientras podamos, olvidemos a la Dama de Luto.
MAX.-
¿
Por qu
é
?
RUB
É
N.-
¡
No hablemos de Ella!
MAX.- T
ú
la temes y yo la cortejo!
¡
Rub
é
n, te llevar
é
el mensaje que te plazca darme
para la otra ribera de la Estigia! Vengo aqu
í
para estrecharte por
ú
ltima vez la mano,
guiado por el ilustre camello Don Latino de Hispalis.
¡
Un hombre que desprecia tu
poes
í
a, como si fuese Acad
é
mico!