RUB
É
N.-
¡
No!
MAX.- Para m
í
, no hay nada tras la
ú
ltima mueca. Si hay algo, vendr
é
a dec
í
rtelo.
RUB
É
N.-
¡
Calla, MAX.- , no quebrantemos los humanos sellos!
MAX.- Rub
é
n, acu
é
rdate de esta cena. Y ahora mezclemos el vino con las rosas de tus
versos. Te escuchamos.
RUB
É
N
se recoge estremecido, el gesto de
í
dolo, evocador de terrores y misterios.
MAX. ESTRELLA,
un poco enf
á
tico, le alarga la mano. Llena los vasos
DON
LATINO. RUB
É
N
sale de su meditaci
ó
n con la tristeza vasta y enorme esculpida en los
í
dolos aztecas.
RUB
É
N.- Ver
é
si recuerdo una peregrinaci
ó
n a Compostela... Son mis
ú
ltimos versos.
MAX.-
¿
Se han publicado? Si se han publicado, me los habr
á
n le
í
do, pero en tu boca
ser
á
n nuevos.
RUB
É
N.- Posiblemente no me acordar
é
.
Un joven que escribe en la mesa vecina, y al parecer traduce, pues tiene ante los ojos
un libro abierto y cuartillas en rimero, se inclina t
í
midamente hacia
RUB
É
N DAR
í
O.
EL JOVEN.- Maestro, donde usted no recuerde, yo podr
í
a apuntarle.
RUB
É
N.-
¡
Admirable!
MAX.-
¿
D
ó
nde se han publicado?
EL JOVEN.- Yo los he le
í
do manuscritos. Iban a ser publicados en una revista que
muri
ó
antes de nacer.
MAX.-
¿
Ser
í
a una revista de Paco Villaespesa?
EL JOVEN.- Yo he sido su secretario.
DON LATINO.- Un gran puesto.
MAX.- T
ú
no tienes nada que envidiar, Latino.
EL JOVEN.-
¿
Se acuerda usted, Maestro?
RUB
É
N
asiente con un gesto sacerdotal y, tras de humedecer los labios en la copa,
recita lento y cadencioso, como en sopor, y destaca su esfuerzo por distinguir de eses
y
cedas.
RUB
É
N.-
¡¡¡
La ruta tocaba a su fin. /Y en el rinc
ó
n de un quicio oscuro, / Nos
repartimos un pan duro /Con el Marqu
é
s de Bradom
í
n!!!