LA LUNARES.-
¿
Ser
í
as t
ú
, por un casual, el que sac
ó
las copias de Joselito?
MAX.-
¡
Ese soy!
LA LUNARES.-
¿
De verdad?
MAX.- De verdad.
LA LUNARES.- Dilas.
MAX.- No las recuerdo.
LA LUNARES.- Porque no las sacaste de tu sombrerera.
¡
Sin mentira, cu
á
les son las
tuyas?
MAX.- Las del Espartero.
LA LUNARES.-
¿
Y las recuerdas?
MAX.- Y las canto como un flamenco.
LA LUNARES.-
¡
Que no eres capaz!
MAX.-
¡
Tuviera yo una guitarra!
LA LUNARES.-
¿
La entiendes?
MAX.-
Para algo soy ciego.
LA LUNARES.-
¡
Me est
á
s gustando!
MAX.-
No tengo dinero.
LA LUNARES.-
Con pagar la cama concluyes. Si quedas contento y quieres
convidarme a un caf
é
con churros, tampoco me niego.
M
Á
XIMO
ESTRELLA,
con tacto de ciego, le pasa la mano por el
ó
valo del rostro, la
garganta y los hombros. La pindonga r
í
e con dejo sensual de cosquillas. Qu
í
tase del
mo
ñ
o un peinecillo gitano y, con
é
l peinando los tufos, redobla la risa y se desmadeja.
LA LUNARES.-
¿
Quieres saber c
ó
mo soy?
¡
Soy muy negra y muy fea!
MAX.-
No lo pareces! Debes tener quince a
ñ
os.
LA LUNARES.-
Esos mismos tendr
é
. Ya pasa de tres que me visita el nuncio. No lo
pienses m
á
s y vamos. Aqu
í
cerca hay una casa muy decente.
MAX.-
¿
Y cumplir
á
s tu palabra?