UN SEPULTURERO.- Ese sujeto era un hombre de pluma.
OTRO SEPULTURERO.-
¡
Pobre entierro ha tenido!
UN SEPULTURERO.- Los papeles lo ponen por hombre de m
é
rito.
OTRO SEPULTURERO.- En Espa
ñ
a el m
é
rito no se premia. Se premia el robar y el ser
sinverg
ü
enza. En Espa
ñ
a se premia todo lo malo.
UN SEPULTURERO.-
¡
No hay que poner las cosas tan negras!
OTRO SEPULTURERO.-
¡
Ah
í
tienes al Pollo del Arete!
UN SEPULTURERO.-
¿
Y ese qu
é
ha sacado?
OTRO SEPULTURERO.- Pasarlo como un rey siendo un malasangre. M
í
ralo,
disfrutando a la viuda de un concejal.
UN SEPULTURERO.- Di un ladr
ó
n del Ayuntamiento.
OTRO SEPULTURERO.- Ponlo por dicho.
¿
Te parece que una mujer de posici
ó
n se
chifle as
í
por un tal sujeto?
UN SEPULTURERO.- Cegueras. Es propio del sexo.
OTRO SEPULTURERO.-
¡
Ah
í
tienes el m
é
rito que triunfa!
¡
Y para todo la misma ley!
UN SEPULTURERO.-
¿
T
ú
conoces a la sujeta?
¿
Es buena mujer?
OTRO SEPULTURERO.- Una mujer en carnes.
¡
Al andar, unas nalgas que le tiemblan!
¡
Buena!
UN SEPULTURERO.-
¡
Releche con la suerte de ese gatera!
Por una calle de l
á
pidas y cruces, vienen paseando y dialogando dos sombras
rezagadas, dos amigos en el cortejo f
ú
nebre de
M
Á
XIMO ESTRELLA.
Hablan en voz
baja y caminan lentos, parecen almas imbuidas del respeto religioso de la muerte. El
uno, viejo caballero con la barba toda de nieve y capa espa
ñ
ola sobre los hombros, es
el c
é
ltico
MARQU
É
S DE BRADOM
í
N.
El otro es el indico y profundo
RUB
É
N
DAR
í
O.
RUB
É
N.-
¡
Es pavorosamente significativo, que al cabo de tantos a
ñ
os nos hayamos
encontrado en un cementerio!
EL MARQU
É
S.- En el Campo Santo. Bajo ese nombre adquiere una significaci
ó
n
distinta nuestro encuentro, querido Rub
é
n.
RUB
É
N.- Es verdad. Ni cementerio, ni necr
ó
polis. Son nombres de una frialdad triste y
horrible, como estudiar Gram
á
tica.
¿
Marqu
é
s, qu
é
emoci
ó
n tiene para usted necr
ó
polis?