EL MARQU
É
S.- La de una pedanter
í
a acad
é
mica.
RUB
É
N.- Necr
ó
polis para m
í
es como el fin de todo, dice lo irreparable y lo horrible, el
perecer sin esperanza en el cuarto de un Hotel.
¿
Y Campo Santo? Campo Santo tiene
una l
á
mpara.
EL MARQU
É
S.- Tiene una c
ú
pula dorada.
¡
Bajo ella resuena religiosamente el terrible
clar
í
n extraordinario, querido Rub
é
n!
RUB
É
N.- Marqu
é
s, la muerte muchas veces ser
í
a amable si no existiese el terror de lo
incierto.
¡
Yo hubiera sido feliz hace tres mil a
ñ
os en Atenas!
EL MARQU
É
S.- Yo no cambio m
í
bautismo de cristiano por la sonrisa de un c
í
nico
griego. Yo espero ser eterno por mis pecados.
RUB
É
N.-
¡
Admirable!
EL MARQU
É
S.- En Grecia quiz
á
fuese la vida m
á
s serena que la vida nuestra...
RUB
É
N.- Solamente aquellos hombres han sabido divinizarla!
EL MARQU
É
S.- Nosotros divinizamos la muerte. No es m
á
s que un instante la vida, la
ú
nica verdad es la muerte... Y de las muertes, yo prefiero la muerte cristiana.
RUB
É
N.-
¡
Admirable filosof
í
a de hidalgo espa
ñ
ol!
¡
Admirable!
¡
Marqu
é
s, no hablemos
m
á
s de Ella!
Callan v caminan en silencio.
LOS SEPULTUREROS,
acabada de apisonar la tierra,
uno tras otro beben a chorro de un mismo botijo. Sobre el muro de l
á
pidas blancas, las
dos. figuras acent
ú
an su contorno negro.
RUB
É
N DAR
í
O y EL MARQU
É
S DE
BRADOWN
se detienen ante la mancha oscura de la tierra removida.
RUB
É
N-
¿
Marqu
é
s, c
ó
mo ha llegado usted a ser amigo de M
á
ximo Estrella?
EL MARQU
É
S.- MAX.- era hijo de un capit
á
n carlista que muri
ó
a mi lado en la
guerra.
¿É
l contaba otra cosa?
RUB
É
N.- Contaba que ustedes se hab
í
an batido juntos en una revoluci
ó
n, all
á
en
M
é
xico.
EL MARQU
É
S.-
¡
Qu
é
fantas
í
a! MAX.- naci
ó
treinta a
ñ
os despu
é
s de mi viaje a
M
é
xico.
¿
Sabe usted la edad que yo tengo? Me falta muy poco para llevar un siglo a
cuestas. Pronto acabar
é
, querido poeta.
RUB
É
N.-
¡
Usted es eterno, Marqu
é
s!
EL MARQU
É
S.-
¡
Eso me terno, pero paciencia!
Las sombras negras de
Los SEPULTUREROS
-al hombro las azadas lucientes- se
acercan por la calle de tumbas. Se acercan.