UN SEPULTURERO.- No falta faena. Ni
ñ
os y viejos.
OTRO SEPULTURERO.- La ca
í
da de la hoja siempre trae lo suyo.
EL MARQU
É
S.-
¿
A vosotros os pagan por entierro?
UN SEPULTURERO.- Nos pagan un jornal de tres pesetas, caiga lo que caiga. Hoy, a
como est
á
la vida, ni para mal comer. Alguna otra cosa se saca. Total, miseria.
OTRO SEPULTURERO.- En todo va la suerte. Eso lo primero.
UN SEPULTURERO.- Hay familias que al perder un miembro, por cuidarle de la
sepultura, pagan uno o dos o medio. Hay quien ofrece y no paga. Las m
á
s de las
familias pagan los primeros meses. Y lo que es el a
ñ
o, de ciento, una.
¡
Dura poco la
pena!
EL MARQU
É
S.-
¿
No hab
é
is conocido ninguna viuda inconsolable?
UN SEPULTURERO.-
¡
Ninguna! Pero pudiera haberla.
EL MARQU
É
S.-
¿
Ni siquiera hab
é
is o
í
do hablar de Artemisa y Mausoleo?
UN SEPULTURERO.- Por mi parte, ni la menor cosa.
OTRO SEPULTURERO.- Vienen a ser tantas las parentelas que concurren a estos
lugares, que no es f
á
cil conocerlas a todas.
Caminan muy despacio.
RUB
É
N,
meditabundo, escribe alguna palabra en el sobre de
una carta. Llegan a la puerta, rechina la verja negra.
EL MARQU
É
S,
benevolente,
saca de la capa su mano de marfil y reparte entre los enterradores alg
ú
n dinero.
EL MARQU
É
S.- No sab
é
is mitolog
í
a, pero sois dos fil
ó
sofos estoicos. Que sig
á
is
viendo muchos entierros.
UN SEPULTURERO.- Lo que usted ordene.
¡
Muy agradecido!
OTRO SEPULTURERO.- Igualmente. Para servir a usted, caballero.
Quit
á
ndose las gorras, saludan y se alejan.
EL MARQU
É
S DE BRADOM
í
N,
con una
sonrisa, se arrebuja en la capa.
RUB
É
N DAR
í
O
conserva siempre en la mano el sobre
de la carta donde ha escrito escasos renglones. Y dejando el socaire de unas bardas, se
acerca a la puerta del cementerio el coche del viejo
MARQU
É
S.
EL MARQU
É
S.-
¿
Son versos, Rub
é
n?
¿
Quiere usted le
é
rmelos?
RUB
É
N.- Cuando los haya depurado. Todav
í
a son un monstruo.
EL MARQU
É
S.- Querido Rub
é
n, los versos debieran publicarse con todo su proceso,
desde lo que usted llama monstruo hasta la manera definitiva. Tendr
í
an entonces un
valor como las pruebas de aguafuerte.
¿
Pero usted no quiere le
é
rmelos?