--Si no te importa, quisiera dormir un poco, tía. Hace días que apenas pego los ojos.
De aburrimiento. Me siento feliz de estar aquí contigo.
Ella lo llevó hasta su dormitorio y lo hizo echarse en su cama, bajo una imagen de san
Pedro Claver, su santo favorito. Cerró los postigos para oscurecer la habitación, dijo
que, mientras dormía la siesta, le limpiaría y plancharía el uniforme. «Ya se nos ocurrirá
dónde esconderte, Amadito.» Lo besó muchas veces en la frente y la cabeza: «Y yo
que te creía tan trujillista, hijo». Se quedó dormido al instante. soñó que el Turco
Sadhalá y Antonio Imbert lo llamaban con insistencia: «¡Amadito, Amadito!». Querían
comunicarle algo importante y él no les entendía los gestos ni las palabras. Le pareció
que acababa de cerrar los ojos cuando sintió que lo remecían. Ahí estaba la tía Meca,
tan blanca y espantada que sintió pena por ella, remordimientos por haberla metido en
esta vaina.
--Ahí están, ahí están -se ahogaba, persignándose-. Diez o doce «cepillos» y
montones de caliés, hijito.
Él estaba ahora lúcido y sabía perfectamente qué hacer. Obligó a la anciana a
tumbarse en el suelo, detrás de la cama, contra la pared, a los pies de san Pedro
Claver.
--No te muevas, no te levantes por nada del mundo -le ordenó-. Te quiero mucho, tía
Meca.
Tenía la pistola 45 en la mano. Descalzo, vestido solo con la camiseta y el calzoncillo
color caqui del uniforme, se deslizó, pegado a la pared, hasta la puerta principal. Espió
entre los visillos, sin dejarse ver. Era una tarde de cielo nublado y a lo lejos tocaban un
bolero. Varios Volkswagen negros del SIM cubrían la pista. Había lo menos una
veintena de caliés armados con metralletas y revólveres, rodeando la casa. Tres
individuos estaban frente a la puerta. Uno de ellos la golpeó con el puño, haciendo
remecer sus maderas. Gritó a voz en cuello:
--¡Sabemos que estás ahí, García Guerrero! ¡Sal con los brazos en alto, si no quieres
morir como un perro!
«Como un perro, no», murmuró. A la vez que abrió la puerta con la mano izquierda,
con la derecha disparó. Alcanzó a vaciar el cargador de su pistola y vio caer, rugiendo,
alcanzado en pleno pecho, al que lo conminaba a rendirse.
Pero, aniquilado por innumerables balas de metralleta y revólver, no vio que, además
de matar a un calié, había herido a otros dos, antes de morir él mismo. No vio cómo su
cadáver fue sujetado -como sujetaban los cazadores a los venados muertos en las
cacerías de la cordillera Central- en el techo de un Volkswagen, y que así, cogidos sus
tobillos y muñecas por los hombres de Johnny Abbes que estaban en el interior del
«cepillo», fue exhibido a los mirones del parque Independencia, por donde sus
victimarios dieron una vuelta triunfal, mientras otros caliés entraban a la casa,
encontraban a la tía Meca más muerta que viva donde él la dejó, y se la llevaban a
empujones y escupitajos a los locales del SIM, al tiempo que una turba codiciosa
comenzaba, ante las miradas burlonas o impávidas de la policía, a saquear la casa,
apoderándose de todo lo que no hablan robado antes los caliés, casa a la que, luego
de saquear, destrozarían, destablarían, destecharían y por fin quemarían hasta que, al
anochecer, no quedara de ella más que cenizas y escombros carbonizados.
XVIII