parecía inferior. ¡Cuántas horas bien ocupadas pasó con él en la isla de Juan Fernández!
Aprobó con frecuencia las ideas del marinero abandonado; discutió algunas veces sus planes y
sus proyectos. Él habría procedido de otro modo, tal vez mejor; en cualquier caso, igual de
bien. Pero, desde luego, jamás habría dejado aquella isla de bienaventuranza, donde era tan
feliz como un rey sin súbditos... No, ni siquiera en el caso de que le hubieran nombrado primer
lord del Almirantazgo.
Dejo a la consideración del lector si semejantes tendencias se desarrollaron durante su
aventurera juventud lanzada a los cuatro vientos. Su padre, hombre instruido, no dejaba de
consolidar aquella perspicaz inteligencia con estudios continuados de hidrografía, física y
mecánica, acompañados de algunas nociones de botánica, medicina y astronomía.
A la muerte del digno capitán, Samuel Fergusson tenía veintidós años de edad y había dado
ya la vuelta al mundo. Ingresó en el cuerpo de ingenieros bengalíes y se distinguió en varias
acciones; pero la existencia de soldado no le convenía, dada su escasa inclinacion a mandar y
menos aún a obedecer. Dimitió y, ya cazando, ya herborizando, remontó hacia el norte de la
península india y la atravesó desde Calcuta a Surate. Un simple paseo de aficionado.
Desde Surate le vemos pasar a Australia, y tomar parte, en 1845, en la expedición del
capitán Sturt, encargado de descubrir ese mar Caspio que se supone existe en el centro de
Nueva Holanda.
En 1850,
Samuel Fergusson regresó a Inglaterra y, más dominado que nunca por la fiebre de
los descubrimientos, acompañó hasta 1853 al capitán Mac Clure en la expedición que costeó
el continente americano desde el estrecho de Behring hasta el cabo de Farewel.
A pesar de todas las fatigas, y bajo todos los climas, Fergusson resistía maravillosamente. Se
hallaba a sus anchas en medio de las mayores privaciones. Era el perfecto viajero, cuyo
estómago se reduce o se dilata a voluntad, cuyas piernas se estiran o se encogen según la
improvisada cama, y que se duerme a cualquier hora del día y despierta a cualquier hora de la
noche.
Nada menos asombroso por consiguiente, que hallar a nuestro infatigable viajero visitando
desde 1855 hasta 1857 todo el oeste del Tíbet en compañía de los hermanos Schtagintweit,
para traernos de aquella exploración observaciones etnográficas de lo más curioso.
Durante aquellos viajes, Samuel Fergusson fue el corresponsal más activo e interesante del
Daily Telegraph,
ese periódico que cuesta un penique y cuya tirada, que asciende a ciento
cuarenta mil ejemplares diarios, apenas logra abastecer a sus millones de lectores.
Así pues, el doctor era hombre bien conocido, pese a no pertenecer a ninguna institución
científica, ni a las Reales Sociedades Geográficas de Londres, París, Berlín, Viena o San
Petersburgo, ni al Club de los Viajeros, ni siquiera a la Royal Politechnic Institution, donde su
amigo, el estadista Kokburn, metía mucho ruido.
Un día Kokburn le propuso, para darle gusto, resolver el siguiente problema: dado el número
de millas recorridas por el doctor alrededor del mundo, ¿cuántas millas más ha andado su
cabeza que sus pies, teniendo en cuenta la diferencia de los radios? O bien, conociendo el
número de millas recorridas por los pies y por la cabeza del doctor, calcular su estatura con
toda exactitud.
Pero Fergusson continuaba manteniéndose alejado de las sociedades científicas, pues era
feligrés militante, no parlante; le parecía emplear mejor el tiempo investigando que
discutiendo, y prefería un descubrimiento a cien discursos.
Cuéntase que un inglés se trasladó a Ginebra con intención de visitar el lago. Le metieron en
un carruaje antiguo en el que los asientos estaban de lado, como en los ómnibus, y a él le tocó