-Pero señor, parece que es necesario para la máquina.
-¿Qué me importa a mí la máquina?
-¡Le debe importar! ¿Y si por falta de cálculos exactos no pudiéramos subir?
-¡Qué más quisiera yo!
-Pues sepa, señor Kennedy, que mi señor vendrá enseguida a buscarnos.
-No iré.
-No querrá hacerle un desaire, ¿verdad?
-Se lo haré.
-¡Bueno! -exclamó Joe, riendo-. Habla así porque no está él delante; pero cuando le diga a la
cara: «Dick (perdone la confianza), Dick, necesito saber exactamente tu peso», irá, yo
respondo de ello.
-No iré.
En aquel momento entró el doctor en su gabinete de trabajo, donde tenía lugar esta
conversacion, y miro a Kennedy, el cual se sintió como encogido.
-Dick -dijo el doctor-, ven con Joe; necesito saber cuánto pesáis los dos.
-Pero...
-No hará falta que te quites el sombrero. Ven.
Y Kennedy fue con él.
Entraron los tres en el taller de los señores Mitchell, donde había preparada una de esas
balanzas, llamadas romanas. Preciso era, efectivamente, que el doctor conociese el peso de sus
compañeros para establecer el equilibrio de su aeróstato. Hizo, pues, subir a Dick a la
plataforma de la balanza, y éste, sin oponer resistencia murmuró:
-Está bien, está bien. La verdad es que esto no compromete a nada.
-Ciento cincuenta y tres libras -dijo el doctor, apuntando la cifra en su libreta de notas.
-¿Peso demasiado? .
-No, señor Kennedy -replicó Joe-. Además, yo soy ligero y eso compensara.
Y, diciendo esto, Joe ocupó con entusiasmo el sitio del Cazador, el cual estuvo a punto de
derribar la balanza al bajar. Joe se colocó en la actitud del Wellington que remeda a Aquiles en
la entrada de Hyde Park, y, aunque no llevaba el escudo, estaba magnífico.
-Ciento veinte libras -escribió el doctor.
-¡Bravo! -exclamó Joe, sonriendo sin saber muy bien por qué.
-Ahora yo -dijo Fergusson, y añadió por propia cuenta ciento treinta y cinco libras.
-Señor -intervino Joe-, si fuese necesario para la expedición, yo, absteniéndome de comer,
podría adelgazar perfectamente unas veinte libras.
-No hace falta, muchacho -respondió el doctor- puedes comer cuanto quieras. Toma media
corona para atracarte como te venga en gana.
VII
Pormenores geométricos. - Cálculo de la capacidad del
globo. - El aeróstato doble. - La envoltura. - La
barquilla. - El aparato misterioso. - Los víveres. - La
adición final
El doctor Fergusson se ocupaba desde hacía mucho tiempo de todos los pormenores de su
expedición. Como se supondrá, el globo, el maravilloso vehículo destinado a transportarle por