el gas.
-Mantengámonos, pues, a una distancia respetable de esos tunantes. ¿Qué pensarán de
nosotros, viéndonos volar por el aire? Estoy seguro de que desean adorarnos.
-Que nos adoren, pero de lejos -respondió el doctor-. No les quiero ver de cerca. Mirad, el
país toma otro aspecto. Las aldeas son más escasas; los inangles han desaparecido; a esta
latitud la vegetación se detiene. El terreno se vuelve montuoso y preludia montañas proximas.
-En efecto -dijo Kennedy-, me parece que por aquel lado distingo algunas prominencias.
-Hacia el oeste... Son las primeras cordilleras del Urizara; el monte Duthumi, sin duda,
detrás del cual espero que podamos refugiarnos para pasar la noche. Voy a activar la llama del
soplete, pues debemos mantenernos a una altura de entre quinientos y seiscientos pies.
-Es una magnífica idea, señor, la que ha tenido -dijo Joe-, la maniobra no es difícil ni fatigosa:
se da vuelta a una llave y no hay necesidad de más.
-Aquí estamos mejor -afirmó el cazador, cuando el globo hubo subido; el reflejo de los rayos
del sol en la arena roja resultaba insoportable.
-¡Qué árboles tan magníficos! -exclamó Joe-. Aunque son una cosa muy natural, son
hermosísimos. Con menos de una docena se podría hacer un bosque.
-Son baobabs -respondió el doctor Fergusson-. Mirad, allí hay uno cuyo tronco tendrá cien
pies de circunferencia. Fue acaso al pie de este mismo árbol donde en 1845 pereció el francés
Malzan, pues nos hallamos sobre la aldea de Deje-la-Mhora, donde se aventuró a entrar solo y
fue apresado por el jefe de la comarca. Le amarraron al pie de un baobab, y aquel negro feroz,
mientras sonaba el canto de guerra, le cortó lentamente las articulaciones una tras otra; al llegar
a la garganta se detuvo para afilar su cuchillo embotado y arrancó la cabeza del desventurado
mártir antes de que estuviese enteramente cortada. El pobre francés tenía veintiséis años.
-¿Y Francia no ha vengado un crimen semejante? -preguntó Kennedy.
-Francia reclamó, y el sald de Zanzíbar hizo cuanto pudo para dar caza al asesino, pero
todas sus pesquisas fueron inútiles.
-Suplico que no nos detengamos en el camino -dijo Joe-; subamos, subamos, señor, hágame
caso.
-Encantado, Joe, ya que el monte Duthumi se alza ante nosotros. Si mis cálculos son
exactos, antes de las siete de la tarde lo habremos pasado.
-¿No viajaremos de noche? -preguntó el cazador.
~No, mientras podamos evitarlo. Con precauciones y vigilancia, no habría peligro; pero no
basta atravesar áfrica, es preciso verla.
-Hasta ahora no tenemos motivo de queja, señor. ¡El país más cultivado y fértil del mundo,
en lugar de un desierto! ¡Como para creer a los geógrafos!
-Aguarda, Joe, aguarda; veremos más adelante.
Hacia las seis y media de la tarde, el
Victoria
se encontró frente al monte Duthumi; para
salvarlo, tuvo que elevarse a más de tres mil pies. Al efecto, el doctor no tuvo más que elevar
180 la temperatura. Bien puede decirse que maniobraba el globo con habilidad. Kennedy le
indicaba los obstáculos que tenía que salvar, y el
Victoria
volaba por los aires rozando la
montaña.
A las ocho descendía la vertiente opuesta, cuya pendiente era más suave. Echaron las anclas
fuera de la barquilla, y una de ellas, encontrando las ramas de un enorme nopal, se agarró
firmemente a ellas. Joe se deslizó por la cuerda y la sujetó con la mayor solidez. Luego le
tendieron la escala de seda, y se encaramó por ella con gran agilidad. El aeróstato, al abrigo de
los vientos del este, permanecía casi inmóvil.