Gracias a una diestra maniobra de Joe, el ancla se desenganchó, y, por medio de la escala, el
hábil gimnasta volvió a subir a la barquilla. El doctor dilató considerablemente el gas y el
Victoria remontó el vuelo, impelido por un viento bastante fuerte.
Aparecía alguna que otra choza en medio de aquella niebla pestilente. El país cambiaba de
aspecto. En Africa ocurre con frecuencia que una región mefítica y de poca extensión confina
comarcas absolutamente salubres.
Kennedy sufría visiblemente; la calentura abatía su vigorosa naturaleza.
-Sería mala cosa caer enfermo -dijo, envolviéndose en su manta y echándose bajo la tienda.
-Un poco de paciencia, mi querido Dick -respondló el doctor Fergusson-, y pronto
recobrarás completamente la salud.
-¡Ojalá, Samuel! Si en tu botiquín de viaje tienes alguna droga para curarme, adminístramela
sin perder tiempo. La tragaré a ojos cerrados.
-Tengo un medicamento mejor que todas las drogas, amigo Dick, y naturalmente, voy a darte
un febrífugo que no costará nada.
-¿Y cómo lo harás?
-Muy sencillo. Subiré encima de estas nubes que nos envuelven y me alejaré de esta
atmósfera pestilente. Diez minutos te pido para dilatar el hidrógeno.
No habían transcurrido los diez minutos cuando los viajeros estaban ya fuera de la zona
húmeda.
-Aguarda un poco, Dick, y notarás la influencia del aire puro y del sol.
-¡Vaya un remedio! -dijo Joe-. ¡Es maravilloso!
-¡No! ¡Es totalmente natural!
-Eso no lo pongo en duda.
-Envió a Dick a tomar aires, como se hace todos los días en Europa, y del mismo modo que
en la Martinica le enviaría a los Pitons para librarle de la fiebre amarilla
-La verdad es que este globo es un paraíso -dijo Kennedy, ya más aliviado.
-O por lo menos conduce a él -respondió Joe cor gravedad.
Era un espectáculo curioso el que ofrecían las nubes aglomeradas en aquel momento debajo
de la barquilla. Rodaban unas sobre otras, y se confundían en un resplandor magnífico
reflejando los rayos del sol. El
Victoria
llegó a una altura de 4.000 pies. El termómetro
indicaba algún descenso en la temperatura. No se veía ya la tierra. A unas cincuenta millas al
oeste, el monte Rubeho levantaba su cabeza centelleante. Formaba el límite del país de Ugogo,
a 360 20’ de longitud. El viento soplaba a una velocidad de veinticinco millas por hora, pero
los viajeros no se percataban de su rapidez, ni siquiera tenían sensación de locomoción.
Tres horas después, la predicción del doctor se realizaba. Kennedy no experimentaba ningún
escalofrío y almorzó con apetito.
-¡Y que aún haya quien tome sulfato de quinina! -dijo con satisfacción.
-Decididamente -exclamó Joe-, aquí es donde me retiraré cuando sea viejo.
Hacia las diez de la mañana, la atmósfera se despejo. Se hizo un agujero en las nubes, la
tierra reapareció y el
Victoria
se acercó a ella insensiblemente. El doctor Fergusson buscaba
una corriente que le llevase al noroeste, y la encontró a seiscientos pies del suelo. El terreno se
volvía accidentado, incluso montuoso. Al este, el distrito de Zungomero se borraba con los
últimos cocoteros de aquella latitud.
Luego, las crestas de una montaña se presentaron más acentuadas. Algunos picos se
levantaban en distintos puntos del horizonte. Era preciso vigilar constantemente los conos
agudos que parecían surgir inopinadamente.