-Adorad, señoritas, adorad -les decía-. ¡Aunque hijo de diosa, no soy más que un pobre
diablo!
Le presentaron ofrendas propiciatorias, que normalmente se depositaban en los
mzimu
o
chozas-fetiches, y que consistían en espigas de cebada y en
pombé
. Joe se creyó en la
obligación de probar aquella especie de cerveza fuerte, pero su paladar, aunque acostumbrado
a la ginebra y el whisky, no pudo resistirla. Hizo una mueca horrible, que sus adoradores
tomaron, por una amable sonrisa.
A continuación, las jóvenes, cantando a coro una melopea, ejecutaron a su alrededor una
danza muy grave.
-¡Conque sabéis bailar! -exclamó el muchacho-. Pues yo no he de quedarme corto con
vosotras. Os enseñaré un baile de mi país.
Y empezó una giga aturdidora, estirándose, encogiéndose, retorciéndose, bailando apoyado
en los pies, en las rodillas, en las manos, girando de mil maneras a cuál más extravagante,
adoptando actitudes increíbles, haciendo gestos imposibles, en definitiva, dando a aquellas
gentes una extraña idea de la manera que tienen los dioses de bailar en la Luna.
Y todos aquellos africanos, imitadores como monos, quisieron reproducir sus maneras, sus
cabriolas, sus movimientos; no se perdían un gesto, no olvidaban una postura, y aquello se
convirtió en un delirio, una tremolina, una tempestad de carne y huesos de la que resulta
imposible dar la más pequeña idea. En lo mejor de la fiesta, Joe vio acercarse al doctor.
Éste regresaba precipitadamente, en medio de una chusma aulladora y desordenada. Los
magos y los jefes parecían muy enojados. Rodeaban al doctor, lo empujaban y le amenazaban.
¡Extraño giro! ¿Qué había sucedido? ¿Había sucumbido torpemente el sultán entre las manos
de su médico celestial?
Kennedy, desde la barquilla, vio el peligro sin comprender la causa. El globo,
imperiosamente solicitado por la dilatación del gas, tensaba la cuerda que lo sujetaba,
impaciente por elevarse.
El doctor llegó al pie de la escala. Un temor supersticioso contenía aún a la multitud y le
impedía actuar con violencia contra su persona. El doctor subió rápidamente los escalones y
Joe le siguió con agilidad.
-No hay que perder un instante -le dijo su señor-. ¡No intentes desenganchar el ancla!
¡Cortaremos la cuerda! ¡Sígueme!
-Pero ¿qué pasa? -preguntó Joe, entrando en la barquilla.
-¿Qué ha sucedido? -dijo Kennedy, con la carabina en la mano.
-Mirad -respondió el doctor, señalando el horizonte.
-¿Y bien? -preguntó el cazador.
-¿Y bien? ¡La Luna!
La Luna, en efecto, roja y espléndida, destacaba como un globo de fuego sobre un fondo
azul. ¡Era ella! ¡Ella y el
Victoria
!
¡O había dos lunas, o los extranjeros eran unos impostores, unos intrigantes, unos falsos
dioses!
Tales habían sido las reflexiones naturales de la muchedumbre. De ahí el giro que habían
dado los acontecimientos.
Joe soltó una carcajada. La población de Kazeh, comprendiendo que se les escapaba la
presa, lanzó prolongados aullidos; arcos y mosquetes apuntaron hacia el globo.
Pero uno de los magos hizo un signo y todos bajaron las armas; el mago se encaramó al árbol
con intención de coger la cuerda del ancla y obligar a la máquina a bajar.