un viento fuerte, una distancia de más de trescientas quince millas.
Pero esta última parte del viaje les había dejado una impresión triste. Reinaba en la barquilla
un silencio completo. ¿Estaba el doctor Fergusson reflexionando en sus descubrimientos?
¿Pensaban sus dos compañeros en aquella travesía por regiones desconocidas? Algo de eso
había, sin duda, mezclado con los más vivos recuerdos de Inglaterra y de los amigos lejanos.
Joe era el único que daba muestras de una despreocupada filosofía, pareciéndole muy natural
que la patria no estuviese allí estando en otra parte; pero respetó el silencio de Samuel
Fergusson y de Dick Kennedy.
A las diez de la noche el Victoria «fondeó» en un punto de la montaña temblorosa; los
expedicionarios cenaron debidamente y se durmieron, quedando, como siempre, uno de ellos
de guardia.
Al día siguiente se despertaron más serenos. Hacía un tiempo delicioso y el viento era
favorable; un almuerzo condimentado con los chistes de Joe acabó de devolver el buen humor
a todos.
La comarca que entonces recorrían confina con las montañas de la Luna y las del Darfur, y
es casi tan extensa como toda Europa.
-Atravesamos, sin duda -dijo el doctor-, la tierra que se ha dado en llamar reino de Usoga.
Algunos geografos afirman que en el centro de áfrica hay una vasta depresión, un inmenso lago
central. Veremos si tal teoría tiene algún viso de verdad.
-Pero ¿cómo se ha podido hacer una suposicion semejante? -preguntó Kennedy.
-Por las narraciones de los árabes. Los árabes son muy aficionados a los cuentos, tal vez
demasiado. Algunos viajeros, al llegar a Kazeh o a los Grandes Lagos, vieron esclavos
procedentes de las comarcas centrales y les pidieron noticias de su país. De este modo
reunieron un legajo de documentos que les sirvieron de base para elaborar teorías. En el fondo
de todo eso siempre hay algo cierto, pues ya hemos visto que no se equivocaban respecto al
nacimiento del Nilo.
-En efecto, no se equivocaban -respondió Kennedy.
-Basándose en esos documentos se han trazado mapas, entre ellos el que tengo a la vista
para que me sirva de guía y que me propongo rectificar en caso necesario.
-¿Toda esta región está habitada? -preguntó Joe.
-Sin duda, y mal habitada, por cierto -respondió el doctor.
-Me lo figuraba.
-Estas tribus dispersas se hallan agrupadas bajo la denominación genérica de nyam-nyam, y
este nombre no es más que una onomatopeya tomada del ruido que produce la masticación.
-¡Perfectamente expresado! -dijo Joe-. ¡Nyam! ¡Nyam!
-Si tú, Joe, fueses la causa inmediata de esta onomatopeya, no te parecería tan perfecta.
-¿Qué quiere decir, señor?
-Que estos pueblos tienen fama de antropófagos.
-¿De veras?
-¡Y tan de veras! Se dijo también que estos indígenas estaban provistos de rabo, como la
mayor parte de los cuadrúpedos; pero luego se reconoció que tal apéndice pertenecía a la piel
de animal con que se vestían.
-¡Lástima! Un buen rabo va muy bien para espantar a los mosquitos.
-Es posible, Joe; pero debemos relegar eso del rabo a la categoría de las fábulas, como las
cabezas de perro que el viajero Brun-Rollet atribuía a ciertos pueblos.
-¿Cabezas de perro? Para aullar y hasta para ser antropófago no me parece del todo mal.