-Lo que desgraciadamente no admite duda es la ferocidad de estos pueblos, muy ávidos de
carne humana.
-Sentiría que probaran la mía -dijo Joe.
-¿De veras? -dijo el cazador.
-Como lo oye, señor Dick. Si estoy predestinado a ser comido en un momento de hambre,
que sea en su provecho y en el de mi señor. Pero ¡servir de pasto a esos salvajes! ¡Me moriría
de vergüenza!
-De acuerdo, Joe -dijo Kennedy-, contamos contigo si se da el caso.
-A su disposicion, senores.
-Adivino la treta -replicó el doctor-; lo que Joe quiere es que le tratemos a cuerpo de rey y lo
engordemos
-¡Tal vez! -respondió Joe-. ¡Los hombres somos tan egoístas!
Por la tarde, una niebla caliente que rezumaba del sol cubrió el cielo; apenas permitía
distinguir los objetos, por lo que, temiendo chocar contra algún pico imprevisto, el doctor, a
eso de las cinco, dispuso que se echase el ancla. No sobrevino ningún accidente durante la
noche, pero la profunda oscuridad reclamó una vigilancia extrema.
Al amanecer del día siguiente el monzón sopló con gran violencia; el viento penetraba con
ímpetu en las cavidades del globo y agitaba violentamente el apéndice por el que entraban los
tubos de dilatación. Fue necesario sujetar los tubos con cuerdas, operación que Joe practicó
muy hábilmente.
Al mismo tiempo, se aseguró de que el orificio del globo permanecía herméticamente
cerrado.
-La importancia que eso tiene para nosotros -dijo el doctor Fergusson- es doble. En primer
lugar, evitamos la pérdida de un gas precioso y, en segundo lugar, no dejamos a nuestro
alrededor un reguero inflamable, al cual tarde o temprano prenderíamos fuego.
-Lo cual sería un incidente fastidioso -dijo Joe.
-Si tal sucediese, ¿caeriamos despeñados? -preguntó Dick.
-¡No! El gas ardería gradualmente y nosotros bajariamos poco a poco. De este accidente fue
víctima Madame Blanchard, aeronauta francesa que prendió fuego a su globo disparando
cohetes desde la barquilla. No cayó precipitada, y seguramente no habría muerto si no hubiese
tenido la desgracia de que su barquilla chocase contra una chimenea, desde la cual cayó al
suelo.
-Esperemos que no -dijo el cazador-. Hasta ahora nuestra travesla no me parece peligrosa, y
no veo razon que nos impida llegar a nuestra meta.
-Ni yo tampoco, amigo Dick. Los accidentes han sido casi siempre causados por la
imprudencia de los aeronautas o por la mala construcción de sus aparatos, y aun así,
contándose por millares las ascensiones aerostáticas, no se consignan más que veinte
accidentes que hayan ocasionado la muerte. En general, el momento de tomar tierra y el de
empezar la ascensión son los más peligrosos, y durante ellos no debemos omitir precaución
alguna.
-Ha llegado la hora de almorzar -dijo Joe-. Tendremos que contentamos con carne en
conserva y café, hasta que al señor Kennedy se le presente la ocasión de regalarnos con una
buena ración de venado.