hombre es más digno de lástima cuando no puede apartar sus pensamientos por medio de un
trabajo u ocupación material. Los viajeros nada tenían que vigilar, ni nada tampoco que
intentar; debían padecer la situación sin poder mejorarla.
Los tormentos de la sed empezaron a hacerse sentir cruelmente. El aguardiente, lejos de
apaciguar aquella necesidad imperiosa, la aumentaba más y más, y se hacía muy acreedor al
nombre de «leche de los tigres» que le dan los naturales de áfrica. Quedaban apenas dos pintas
de un líquido recalentado, y todos fijaban sus miradas en aquellas gotas preciosas, sin que
nadie se atreviese a mojar con ellas sus labios. ¡Dos pintas de agua en medio de un desierto!
Entonces el doctor Fergusson, abismado en sus reflexiones, se preguntó si había obrado con
prudencia, si no hubiera valido más conservar el agua que había descompuesto para
mantenerse en la atmósfera. Algún camino había recorrido, sin duda, pero ¿había ganado algo
con ello? Aunque se encontrase seiscientas millas más atrás bajo aquella latitud, ¿qué podía
importarle, puesto que carecía de agua en aquel sitio? El viento, si por fin se levantara,
soplaría tanto allí como aquí, incluso aquí con menos fuerza si viniera del este. Pero la
esperanza empujaba a Samuel hacia adelante. ¡Y sin embargo, los dos galones de agua
consumidos inútilmente hubieran bastado para hacer en el desierto un alto de nueve días ¡Y en
nueve días podían producirse muchos cambios! Tal vez, al mismo tiempo que conservaba el
agua, debió subir echando lastre, aunque luego para volver a bajar tuviese que perder gas en
abundancia. ¡Pero el gas era la sangre del globo, era su vida!
Estas mil reflexiones se cruzaban en su cabeza, que apoyaba entre las manos durante horas
enteras sin levantarla.
« ¡Es preciso hacer un último esfuerzo! -se dijo hacia las diez de la mañana-. ¡Es preciso
intentar por última vez descubrir una corriente atmosférica que nos lleve! ¡Es preciso arriesgar
nuestros últimos recursos! »
Y, mientras sus compañeros dormitaban, llevó a una elevada temperatura el hidrógeno del
aeróstato, el cual se redondeó con la dilatación del gas, y subió siguiendo en línea recta los
rayos perpendiculares del sol. El doctor buscó en vano un soplo de aire desde los cien pies
hasta los cinco mil; su punto de partida permaneció tenazmente debajo de la barquilla. Una
calma absoluta parecía reinar hasta en los últimos límites de la atmósfera.
Finalmente, el agua se acabó, el soplete se apagó por falta de gas, la pila de Bunsen dejó de
funcionar y el
Victoria
, contrayéndose, bajó nuevamente a la arena para detenerse en el mismo
hoyo que había abierto con la barquilla.
Era mediodía. El doctor estimó que se encontraban a 190 35’ de longitud y 60 51’ de latitud,
a cerca de quinientas millas del lago Chad y a más de cuatrocientas de las costas occidentales
de áfrica. Al tomar tierra el globo, Dick y Joe salieron de su pesada modorra.
-Nos detenemos -dijo el escocés.
-Por fuerza -respondió el doctor en tono grave.
Sus compañeros le comprendieron. El nivel del suelo, a consecuencia de su constante
depresión, se hallaba entonces al nivel del mar, por lo que el globo se mantuvo en un equilibrio
perfecto y una inmovilidad absoluta.
El peso de los viajeros fue reemplazado por una carga equivalente de arena, y éstos echaron
pie a tierra, se sumieron en sus pensamientos y durante algunas horas no despegaron los
labios. Joe preparó la cena, compuesta de galletas y
pemmican,
que apenas probó nadie, y un
sorbo de agua caliente completó tan triste cena.
Durante la noche, nadie veló, pero nadie durmió tampoco. El calor era sofocante. Al día
siguiente no quedaba más que media pinta de agua; el doctor la puso aparte y todos