poco; apenas leer, escribir y contar. La instrucción no pasa de aquí. En ciencias, en
historia, en geografía y en literatura, no conoce otra cosa que los cantos populares y
las leyendas del país; su memoria es escasa.
Su fuerte es todo aquello que tiene sabor fantástico, de lo que secan gran provecho
los pocos escolares de la aldeà.
En cuanto al juez, conviene explicar la razón de tal título del primer magistrado de
Verst. El
biró
Sr. Koltz era un hombrecillo como de unos cincuenta y cinco a sesenta
años, de origen rumano, de cabellos raros y encanecidos, bigote aún negro y ojos de
más dulzura que viveza; de fuerte complexión, como buen montañés; cubre su cabeza
con la magnífica gorra de fieltro, y sujeta su vientre con un cinturón de historiada
hebilla; su chaqueta sin mangas, y el pantalón corto y hombacho, metido en altas
boúas de cuero.
Más bien alcalde que juez, por más que sus funciones le obligasen a intervenir en las
múltiples contiendas entre vecinos, se ocupaba principalmente de administrar su aldea
con poder discrecional, y no gratis en verdad. En efecto: todas las transacciones,
compras o ventas estaban gravadas con un impuesto a su favor, sin hablar del derecho
de peaje que extranjeros, turistas o traficantes se apresuraban a entregarle.
Tan lucrativo cargo había proporcionado al Sr. Koitz cierta holgura. Si la mayoría de
los aldeanos del distrito son roídos por la usura, que no tardará en hacer a los judíos
prestamistas verdaderos propietarios del suelo, el
biró
había sabido escapar a su
rapacidad. Sus bienes estaban libres de hipotecas o «intabulaciones» segun se dice en la
comarca. A nadie debía nada. Hubiese más bien prestado que tomado a préstamo, y lo
hubiera hecho, no sin despellejar a la pobre gente. Poseía muchos prados con buenos
pastos para sus rebaños; campos bien cultivados, aunque hostil siempre a los
adelantos; viñas que halagaban su vanidad, al pasearse por entre las hermosas cepas
cargadas de racimos, y cuya cosecha vendía siempre con gran provecho, prescindiendo
de la parte que se reservaba para su consumo particular.
No hay que decir que la casa de Koltz era la más hermosa del pueblo. Estaba situada
esquina al terraplén de la calle antes dicha. Una casa de piedra con su fachada al jardín,
su puerta entre la tercera y la cuarta ventana, con sus festones de verdura que orlan el
alero con su cabelludo ramaje. Dos grandes hayas de alta y florida copa. Detrás, un
hermoso verjel en el que se ven plantaciones de legumbres, formando cuadros, y filas
de árboles frutales alineados sobre el talud. En el interior de la casa hay bonitas y
limpias habitaciones, para comer y dormir, con sus muebles pintarrajeados, mesas,
camas, bancos, escabeles y aparadores llenos de brillante vajilla. De las vigas del techo
penden lámparas adornadas de cintas y telas de vivos colores. Se ven también pesados
cofres, forrados y claveteados, que sirven de mesas y de armarios. En las blancas
paredes hay retratos, iluminados con color rabioso, de patriotas rumanos, entre otros
el del popular héroe del siglo XV, el vaivoda Vayda-Hunyad.
He aquí una encantadora habitación, muy grande para un hombre solo. Pero es que el
amo Koltz no estaba solo. Viudo hacía diez años, tenía una hija, la bella Miriota, muy
admirada de Werst a Vulcano, y aún más allá. Hubiese podido llevar por nombre uno
de esos extraños que se usan en Valaquia, tales como Florica, Daiva, Dauricia; pero no;
se llamaba Miriota, es decir, «corderita». La corderita había crecido, y era al presente
una hermosa joven de veinte años, rubia, con ojos garzos de dulce mirada, encantadoras
facciones y de formas esculturales, y su hermosura resaltaba más aún vestida con su
camiseta bordadada de hilo rojo en el coleto, en los puños y en los hombros, su falda
sujeta con un cinturón de hebillas de plata, su «catrinza,», doble delantal de rayas
azules y rojas, anudado a la cintura, sus botitas de cuero color de avellana, y con el
ligero panuelo a, la cabeza, dejando al viento sus largas trenzas, adornadas con una
cinta o una monedita.
Sí: Miriota era una hermosa joven, y rica por añadidura, en aquel pueblecillo perdido
en el fondo de los Cárpatos. ¿Mujer de su casa? Sin duda dirige admirablemente la casa
de su padre. ¿Instruida? ¡Bah!... Educada en la escuela del maestro Hermond, sabía
leer, escribir y contar con corrección; pero no ha pasado de ahí, ni hace falta. En