No sabía; pero aquello tenía que, ser, y sería. . . Los obstáculos que no pudo vencer
Nic Deck, él los vencería.
No era la curiosidad lo que le lanzaba en medio de aquellas ruinas. Era la pasión; era
el amor profundo que hacia aquella mujer experimentaba. ¡Sí! ¡Aquella mujer que
estaba viva! ¡Sí! ¡Viva, cuando él la creia muerta!... ¡Él la arrancaría del poder de su
raptor Rodolfo de Gortz!
Sin duda Franz se había dicho que solamente podría, haber acceso al interior del
castillo por la muralla del Sur, donde estaba la poterna, cerrada por el puente levadizo.
Así comprendiendo que le hubiera sido imposible escalar estas altas murallas, continuó
por la meseta de Orgall, después que hubo rodeado el ángulo del bastión.
En pleno día no hubiera ofrecido esto grandes dificultades. Mas en plena noche (aún
no había salido la luna), una noche cerrada por esas brumas que se condensan en las
montañas, la empresa era muy arriesgada. A los peligros de un mal paso y de una caída
hasta el fondo del foso, uníase el de chocar con las rocas, provocando acaso el
derrumbamiento de éstas.
Sin embargo, Franz iba siempre atajando lo más que podía los zigzás de la
contraescarpa, tanteando el terreno con manos y pies a fin de asegurarse que no se
desviaba de su camino. Sostenido por una fuerza sobrehumana, sentíase, además
guiado por un instinto que no le podía engañar.
Al otro lado del bastión se desarrollaba la muralla del Sur, con la que el puente
levadizo establecía una comunicación cuando no estaba subido contra la poterna.
Desde este bastión multiplicáronse los obstáculos. Entre las enormes rocas que
erizaban la meseta, no era posible seguir la contraescarpa. No había más remedio que
rodear. Figúrese un hombre procurando orientarse en medio de un campo de Karnac,
cuyo laberinto de monumentos estuviera desordenado completamente. Ni un sendero
por donde dirigirse, ni una luz en la oscura noche que lo envolvía todo hasta el torreón
central.
Franz iba, sin embargo, aquí, izándose sobre un bloque que le cerraba todo camino;
allá, gateando por entre las rocas, las manos desgarradas por los cardos y ortigas, su
cabeza golpeada por bandadas de quebrantahuesos turbados en sus guaridas y que
lanzaban su horrible grito de carraca.
¡Oh! ¿Por qué la campana de la vieja capilla no sonaba entonces, como había sonado
para Nic Deck y el doctor? ¿Por qué aquella luz intensa que les había envuelto, no se
encendía entre las almenas del castillo? Él hubiera marchado hacia aquel sonido; él
hubiera marchado hacia aquella luz, como el marino al oír los silbidos de una sirena de
alarma, marcha hacia los resplandores de un faro.
No. Nada más que una profunda noche limitaba sus miradas a algunos pasos.
Esta situación duró cerca, de una hora. En la inclinación del suelo, a su izquierda,
Fránz comprendió que se había extraviado. ¿Había tal vez descendido más abajo de la
poterna? ¿Había tal vez avanzado más allá del puente levadizo?
Se detuvo, golpeando con el pie sobre el suelo y retorciéndose las manos. ¿A qué
lado debía dirigirse? ¡Ah qué rabia le entró al pensar que se vería obligado a esperar el
día! Y entonces sería visto por las gentes del castillo. ¡No podría sorprenderles! ...
Rodolfo de Gortz estaría en guardia.
Aquella noche, aquella noche misma quería entrar; pero no conseguía orientarse en
medio de las tinieblas. De su pecho salió un grito de desesperación.
-¡Stilla!, ¡Stilla mía!
¿Pensaba acaso que la prisionera le esperaba? ¿Que pudiera responderle? Y sin
embargo, por veinte veces arrojó aquel nombre, que le devolvieron los ecos del Plesa.
De repente los ojos de Franz vieron una luz que atravesaba la sombra; una luz
vivisima, cuyo foco debía de estar colocado a cierta altura.
-¡Allí, allí está el castillo? se dijo.
Y, en efecto, en la posición,que la luz ocupaba, no podía venir sino del torreón
central.