de piedra. Elevarse a lo largo de aquellas paredes que no presentaban saliente alguno,
era impracticable. Franz volvió al interior de la cripta; puesto que no podía huir más
que por alguna de las dos puertas, quiso reconocerlas. La primera puerta, o sea por la
que entró a la cripta, era muy sólida y de gran espesor, Y debía estar sujeta
exteriormente por fuertes -cerrojos; era, pues, inútil tratar de forzarla. La segunda
puerta, o sea aquella por la que se había oído la voz de la Stilla, parecía en peor estado,
pues los tableros estaban podridos por algunas partes. No era, pues, imposible abrirse
paso por aquel lado.
-¡Sí... por aquí, por aquí! se dijo Franz, que había recobrado su sangre fría.
No había tiempo que perder, porque era probable que entrasen en la cripta en cuanto
le supusieran bajo el peso del narcótico. El trabajo marchó más aprisa de lo que podía
esperar. El moho había carcomido la madera alrededor del herraje de los cerrojos. Con
su cuchillo consiguió Franz quitar la parte circular, trajando casi sin ruido,
deteniéndose de cuando en cuando para prestar atención, a fin de asegurarse que no se
oiría nada fuera. Tres horas después los cerrojos estaban quitados y la puerta se abría.
Franz volvió al fondo del patio para respirar un aire menos viciado. En aquel
momento, el ángulo luminoso no se dibuja en el brocal del pozo, lo que robaba que el
sol había traspuesto el Retyezat. El patio estaba en la más completa oscuridad.
Algunas estrellas brillaban en el óvalo del brocal, y parecían verse por el tubo de un
telescopio. Algunas nubecillas pasaban lentamente, empujadas por las brisas
nocturnas, y él aspecto del cielo indicaba la presencia de la luna, que en el medio pleno
aún, había traspasado, el horizonte de las montañas del Este.
Serían cerca de las nueve. Franz entró en la cripta otra vez. Tomó un poco de
alimento, y apagó su sed en el agua de la pila, después de haber vertido la de la vasija.
Púsose el cuchillo al cinto, franqueó la puerta, y la cerró tras sí. Acaso ahora iba a
encontrar a la desgaciada Stilla por aquellas galerias subterráneas, A esta idea, su
corazón latía precipitadamente.
En cuanto dio algunos pasos, tropezó con un escalón. Como lo había pensado, allí
empezaba una escalera. Subió, contando los escalones. Había sesenta, en vez de los
setenta y siete que tuvo que bajar para llegar a la cripta. De forma que le faltaban unos
ocho pies para que se encontrara al nivel del suelo.
Siguió por el oscuro corredor, tanteando las paredes. Pasó media hora sin que se
viera detenido ni por puerta, ni por una reja; pero numerosos recodos le habían
impedido reconocer su dirección con relación a la muralla, que estaba frente a la meseta
de Orgall.
Despues de un breve descanso para tomar aliento, Franz continuó. Aquel corredor
parecía interminable. De pronto detúvole un obstáculo: una pared de ladrillos: tanteó
por diversos sitios; no encontro abertura alguna. Por aquella parte no había, pues,
salida. No pudo contener un grito. Todas las esperanzas que había concebido se
destrozaban ante aquel obstáculo. Sus piernas flaquearon, y cayo en tierra junto a la
pared. Mas he aquí que al nivel del suelo la pared prensentaba una estrecha
quebradura, cuyos destruidos ladrillos, podían deshacerse con las manos.,
-¡Por aquí! ... ¡Por aquí! exclamó Franz.
Y comenzó a quitar los ladrillos uno a uno. Entonces se dejó oír al otro lado un ruido
metálico.
Franz se detuvo. El ruido no había cesado, y al mismo tiempo un rayo de luz
penetraba por la hendidura... Franz miró. Aquella era la antigua capilla del castillo,
reducida por el tiempo y el abandono a un estado ruinoso... Una bóveda medio
deteriorada, algunos de cuyos arcos aún se conservaban, arrancando de los torcidos
pilares; dos o tres arcos de estilo ojival, amenazando ruina, ventanas de estilo gótico
medio destruidas. Aquí y allá mármoles llenos de polvo, bajo los que dormía algún
antepasado de los de Gortz. En el fondo un fragmento de altar, cuyo retablo mostraba
aún las esculturas estropeadas... Un resto del artesanado cubriendo el ábside, y acaso
destruido por los huracanes; y, en fin, en la entrada del pórtico la campana, de la que
pendía una cuerda hasta el suelo; aquella campana, que sonaba algunas veces,