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La isla misteriosa
Julio Verne
y...”
Y Gedeón Spilett se salvó, porque, siguiendo su invariable costumbre,
salió de aquel peligro sin ningún arañazo.
Ciro Smith y Gedeón Spilett, que se conocían por su reputación,
habían sido trasladados a Richmond. El ingeniero, que había curado de
su herida, conoció al corresponsal durante su convalecencia. Aquellos
dos hombres simpatizaron y se estimaron mutuamente.
Pronto su anhelo común no tuvo más que un objeto: volver al ejército
de Grant y combatir en sus filas por la unidad federal.
Los dos americanos estaban decididos a aprovechar una ocasión;
pero, aunque fueran libres en la ciudad, Richmond estaba tan vigilada
que una evasión parecía imposible.
Acompañaba a Ciro Smith un criado, que era la fidelidad y la
abnegación personificadas: un negro, nacido en las posesiones del
ingeniero, de padres esclavos, pero que, desde hacía tiempo, Ciro Smith,
abolicionista de ideas y de corazón, había emancipado. El esclavo, una
vez libre, no quiso separarse de su amo. Le quería tanto, que hubiera
dado la vida por él. Era un mozo de treinta años, ágil, hábil, inteligente,
dulce y tranquilo, a veces sencillo, siempre sonriente, servicial y bueno.
Se llamaba Nabucodonosor, pero respondía al nombre abreviado y
familiar de Nab.
Al enterarse Nab de que su dueño había sido hecho prisionero,
abandonó Massachusetts sin vacilar, llegó a Richmond y, a fuerza de
astucia y destreza, después de arriesgar veinte veces su vida, penetró en
la ciudad sitiada. No es posible describir la alegría de Ciro Smith al ver
de nuevo a su criado y Nab al encontrar a su amo.
Aunque Nab pudo penetrar en Richmond, le hubiera sido muy difícil
salir, porque eran vigilados de cerca los prisioneros federales. Había que
aguardar una ocasión favorable para intentar una evasión con alguna
probabilidad de éxito, y esta ocasión era difícil hallarla.
Entretanto, Grant continuaba sus enérgicas operaciones. La victoria
de Petersburgo le había costado mucho. Sus fuerzas, unidas a las de
Butler, no habían alcanzado ninguna victoria ante Richmond, y nada
hacía presagiar que la libertad de los prisioneros estaba próxima. El
corresponsal, a quien su cautividad no le proporcionaba ya un detalle
interesante que anotar, no podía resistir más. Su idea fija era salir de
Richmond a toda costa. Muchas veces intentó la aventura y fue detenido
por obstáculos insuperables.
El sitio continuaba y los prisioneros tenían prisa por escaparse para
unirse al ejército de Grant. Algunos sitiados no tenían menos deseos de
escaparse, para reunirse con el ejército separatista, y entre ellos, un tal
Jonathan Forster, furibundo sudista. Si los prisioneros federales no
podían abandonar la ciudad, los confederados tampoco, porque el
ejército del Norte los cercaba. El gobernador de Richmond no podía
comunicarse con el general Lee y necesitaba urgentemente refuerzos.
Jonathan Forster tuvo entonces la idea de elevarse en globo, para