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La isla misteriosa
Julio Verne
En la parte septentrional no se veía indicio de aguas corrientes; tal
vez las hubiera estancadas en la parte pantanosa del nordeste, pero
nada más. En aquella parte no se veía otra cosa que dunas, arenas y una
aridez espantosa, que contrastaba con la opulencia de la mayor
extensión de aquel suelo.
El volcán no ocupaba el centro de la isla, sino la región del nordeste y
parecía marchar al límite de las dos zonas. Al sudoeste, al sur y al
sudeste las primeras estribaciones de los contrafuertes desaparecían
bajo masas de verdor. Al norte, por el contrario, se podían seguir sus
ramificaciones, que iban a morir en las llanuras de arena. Este lado era
el que había dado paso, en los tiempos de las erupciones, a la lava del
volcán, según podía observarse por la larga calzada de lavas que se
prolongaba hasta la estrecha mandíbula que formaba el golfo del
nordeste.
Smith y sus compañeros permanecieron una hora en la cima de la
montaña. La isla se desarrollaba ante sus miradas como un plano en
relieve con sus diversos colores, verdes en los bosques, amarillos en las
arenas y azules en las aguas. Su vista abarcaba todo el conjunto, sin que
escapara a sus investigaciones nada más que la parte cubierta de verdor,
la cuenca de los valles umbríos y el interior de las estrechas gargantas
abiertas al pie del volcán.
Quedaba por resolver una grave cuestión, que debía influir
singularmente en el futuro de los náufragos.
-¿Estaba la isla habitada?
Fue el corresponsal quien hizo esta pregunta, a la cual parecía que se
podía responder negativamente después del minucioso examen que
habían hecho de las diversas regiones de la isla.
En ninguna parte se veía obra alguna de la mano del hombre; ni un
grupo de viviendas, ni una cabaña aislada, ni una choza de pescador en
el litoral, ni la más ligera columna de humo que denunciase la presencia
del hombre.
Es cierto que una distancia de treinta millas por lo menos separaba a
los observadores de los puntos extremos, es decir, de la cola que se
proyectaba al sudoeste, en la que ni la vista de águila de Pencroff
hubiera podido descubrir una vivienda. Tampoco se podía levantar la
cortina de verdor que cubría las tres cuartas partes de la isla para ver si
ocultaba algún pueblo; pero, generalmente, los insulares, en los
estrechos espacios que han surgido de las olas del Pacífico, suelen
habitar en el litoral, y el litoral parecía completamente desierto.
Por lo tanto, hasta que la exploración no estuviese terminada, podía
admitirse que la isla no estaba habitada.
Pero ¿la frecuentaban al menos en ciertas épocas los indígenas de las
islas vecinas? Esta pregunta era muy difícil de contestar, pues en un
radio de cincuenta millas no se veía tierra alguna. Pero una distancia de
cincuenta millas podían franquearla sin dificultad los praos malayos o
las piraguas polinesias. Todo dependía, pues, de la situación de la isla,