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La isla misteriosa
Julio Verne
Terminada la comida, en el momento en que cada cual se preparaba
para dormir, Ciro Smith sacó de su bolsillo pequeños pedazos de
diferentes especies de minerales y se limitó a decir:
-Amigos, éste es mineral de hierro, éste es de pirita, éste de arcilla,
esto es cal, esto es carbón. He aquí lo que nos da la naturaleza, y ésta es
la parte que ha tomado en el trabajo común. ¡Mañana haremos el
nuestro!
13. Primeros utensilios y alfarería Cálculo de la latitud de la isla
-Y bien, señor Ciro, ¿por dónde vamos a empezar? -preguntó a la
mañana siguiente Pencroff al ingeniero.
-Por el principio -contestó Smith.
Y, en efecto, por el principio tenían que empezar los colonos. No
poseían ni los útiles necesarios para hacer herramienta alguna, y no se
encontraban en las condiciones de la naturaleza, que teniendo tiempo
econoniza fuerzas. Les faltaba tiempo, puesto que debían subvenir
inmediatamente a las necesidades de la vida y, si aprovechando la
experiencia adquirida no debían inventar nada, tenían por lo menos que
fabricarlo todo. Su hierro y su acero se hallaban todavía en estado
mineral, su vajilla en estado de barro, sus lienzos y sus vestidos en
estado de materias textiles.
Por lo demás, preciso es decir que los colonos eran hombres en la
fuerte acepción de la palabra. El ingeniero Smith no hubiera podido ser
secundado por compañeros más inteligentes ni más adictos y celosos.
Los había sondeado y conocía sus aptitudes.
Gedeón Spilett, periodista de talento, que lo había estudiado todo
para poder hablar de todo, debía contribuir con su inteligencia y con sus
manos a la colonización de la isla. No retrocedería ante ninguna
dificultad, y, cazador apasionado, haría un oficio de lo que hasta
entonces había sido para él un deporte.
Harbert, buen muchacho, notablemente instruido en las ciencias
naturales, sería utilísimo para la causa común.
Nab era la adhesión personificada. Diestro, inteligente, infatigable,
robusto, dotado de una salud de hierro, entendía algo de trabajos de
fragua y prestaría muy útiles servicios a la colonia.
En cuanto a Pencroff, había sido marinero en todos los mares,
carpintero en los talleres de construcción de Brooklyn, ayudante de
sastre en los buques del Estado, jardinero y cultivador en sus
temporadas de licencia, y, como buen marino, dispuesto a todo y útil
para todo.
Habría sido verdaderamente difícil reunir cinco hombres iguales para
luchar contra la suerte y más seguros de triunfar.
Por el principio, había dicho Ciro Smith, y el principio de que hablaba