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La isla misteriosa
Julio Verne
Al día siguiente, 16 de abril, domingo de Pascua, los colonos salían de
las Chimeneas al amanecer y procedían al lavado de su ropa interior y a
la limpieza de sus vestidos. El ingeniero pensaba hacer jabón cuando
hubiera obtenido las materias necesarias para la saponificación, sosa o
potasa, y grasa o aceite. La cuestión de la renovación del guardarropa
debía ser tratada en tiempo y lugar oportunos. En todo caso, los vestidos
podían durar aún seis meses más, porque eran de tela fuerte y podían
resistir el desgaste de los trabajos manuales. Pero todo dependía de la
situación de la isla respecto de las tierras habitadas, situación que debía
determinarse aquel mismo día, si lo permitía el tiempo.
El sol, levantándose sobre un horizonte puro, anunciaba un día
magnífico, uno de esos hermosos días de otoño, que son como la última
despedida de la estación calurosa.
Había que completar los elementos de las observaciones hechas la
víspera midiendo la altura de la meseta de la Gran Vista sobre el nivel
del mar.
-¿No necesitará usted un instrumento análogo al que le sirvió ayer? -
preguntó Harbert al ingeniero.
-No, hijo mío, no -contestó éste-. Vamos a proceder de otro modo y de
una manera casi tan exacta.
Harbert, que gustaba de instruirse en todo, siguió al ingeniero, el cual
se apartó del pie de la muralla de granito bajando hasta el extremo de la
playa, mientras Pencroff, Nab y el corresponsal se ocupaban en diversos
trabajos.
Ciro Smith se había provisto de una especie de pértiga de unos doce
pies de longitud, que había medido con la exactitud posible,
comparándola con su propia estatura, cuya altura conocía poco más o
menos. Harbert llevaba una plomada que le había dado el ingeniero, es
decir, una simple piedra atada al extremo de una hebra flexible.
Al llegar a veinte pies del extremo de la playa, a unos quinientos pies
de la muralla de granito, que se levantaba perpendicularmente, Ciro
Smith clavó la pértiga uno o dos pies en la arena, calzándola con
cuidado, y por medio de la plomada consiguió ponerla perpendicu-
larmente al plano de horizonte.
Hecho esto, retrocedió la distancia necesaria para que, echado sobre
la arena, el rayo visual, partiendo de su ojo derecho, rozase a la vez el
extremo de la pértiga y la cresta de la muralla. Después marcó
cuidadosamente aquel punto con un jalón pequeño.
-¿Conoces los primeros principios de la geometría? -dijo luego,
dirigiéndose a Harbert.
-Un poco, señor Ciro -contestó el joven, que no quería comprometerse
demasiado.
-¿Recuerdas bien las propiedades de dos triángulos semejantes?
-Sí -contestó Harbert-. Sus lados homólogos son proporcionales.
-Pues bien, hijo mío, acabo de construir dos triángulos semejantes,