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La isla misteriosa
Julio Verne
somorgujos muy inocentes, cuyas alas reducidas a muñones se
achataban en forma de aletas guarnecidas de plumas de apariencia
escamosa.
Los colonos se adelantaron con prudencia hasta la punta norte,
marchando por un suelo acribillado de hoyos, que formaban otros tantos
nidos de aves acuáticas. Hacia el extremo del islote aparecían grandes
puntos negros, que nadaban a flor de agua, semejantes a puntas de
escollo en movimiento. Eran los anfibios que se trataba de capturar.
Había que cazarlos en tierra, porque las focas, con su vientre estrecho,
su pelo corto y apretado, su figura fusiforme y su disposición excelente
para nadar, son difíciles de pescar en el mar, mientras que en el suelo
sus pies cortos y palmeados no les permiten sino un movimiento de reptil
muy pesado.
Pencroff conocía las costumbres de estos anfibios y aconsejó esperar a
que se hubieran tendido en la arena a los rayos del sol, que no tardarían
en hacerles dormir profundamente. Entonces convendría maniobrar de
manera que se les cortara la retirada, teniendo cuidado de dirigir los
golpes a las fosas nasales.
Los cazadores se escondieron detrás de las rocas del litoral y
esperaron en silencio. Transcurrió una hora antes que las focas vinieran
a solazarse por la arena. Había media docena; Pencroff y Harbert salieron
entonces para doblar la punta del islote, tomarles la playa y cortarles la
retirada, mientras Ciro Smith, Gedeon Spilett y Nab, trepando por las
rocas, se dirigían hacia el futuro teatro del combate. De improviso el
marino se irguió lanzando un grito. El ingeniero y sus dos compañeros se
precipitaron entre el mar y las focas. Dos de aquellos animales quedaron
muertos en la arena a fuerza de varios golpes vigorosos, pero los demás
pudieron llegar al mar y tomar el lago.
-Aquí están las focas pedidas, señor Ciro -dijo el marino
adelantándose hacia el ingeniero.
-Bien -contestó Ciro Smith-. Haremos de ellas fuelles de fragua.
-¡Fuelles de fragua! -exclamó Pencroff-; ¡vaya unas focas afortunadas!
En efecto, era una máquina para soplar lo que necesitaba el ingeniero
para el tratamiento del mineral, y pensaba fabricarla con la piel de
aquellos anfibios.
Su longitud era mediana; no pasaban de seis pies y tenían la cabeza
semejante a la de un perro.
Como era inútil cargarse con un peso tan considerable como el de
aquellos animales, Nab y Pencroff resolvieron desollarlos en el mismo
sitio, mientras Ciro y el corresponsal acababan de explorar el islote.
El marino y el negro ejecutaron diestramente su operación y, tres
horas después, Ciro Smith tenía a su disposición dos pieles de foca, que
decidió utilizar en aquel estado, sin curtirlas.
Los colonos tuvieron que esperar la baja marea, y después
atravesaron el canal de regreso a las Chimeneas.
Costó trabajo sujetar aquellas pieles a marcos de madera destinados a