-¿Tiene usted su cronómetro?
-Sí.
-Pues bien, tómelo en la mano, y pronuncie usted mi nombre. anotando con toda
exactitud el momento en que lo pronuncie. Yo lo repetiré, y usted anota asimismo el
instante preciso en que oiga mi respuesta.
-Me parece muy bien. De este modo, la mitad del tiempo que transcurra entre mi
pregunta y tu respuesta será el que mi voz emplea para llegar hasta ti.
-Eso es, tío.
-¿Estás listo?
-Sí.
-Pues bien, mucho cuidado, que voy a pronunciar tu nombre.
Apliqué el oído a la pared, y tan pronto como oi la palabra «Axel» repetí a mi vez,
«Axel», y esperé.
-Cuarenta segundos -dijo entonces mi tío-; han transcurrido cuarenta segundos entre las
dos palabras, de suerte que el sonido emplea veinte segundos para recorrer la distancia
que nos separa. Calculando ahora a razón de 1.020 pies por segundo, resultan 20.400
pies, o sea, legua y media y un octavo.
-¡Legua y media! -murmuré.
-No es difícil salvar esa distancia, Axel.
-Pero, ¿debo marchar hacia arriba o hacia abajo?
-Hacia abajo: voy a explicarte por qué. Hemos llegado a una espaciosa gruta a la cual
van a dar gran número de galerías. La que has seguido tú no tiene más remedio que
conducirte a ella, porque parece que todas estas fendas, todas estas fracturas del globo
convergen hacia la inmensa caverna donde estamos. Levántate, pues, y emprende de
nuevo el camino; marcha, arrástrate, si es preciso, deslízate por las pendientes rápidas,
que nuestros brazos te esperan para recibirte al final de tu viaje. ¡En marcha, pues, hijo
mío! ¡ten ánimo y confianza!
Estas palabras me reanimaron.
-Adiós, tío -exclamé-: parto inmediatamente. En el momento en que abandone este
sitio, nuestras voces dejarán de oírse. ¡Adiós, pues!
-¡Hasta la vista, Axel! ¡Hasta la vista
Tales fueron las últimas palabras que oí.
Esta sorprendente conversación, sostenida a través de la masa terrestre, a más de una
legua de distancia, terminó con estas palabras de esperanza, y di gracias a Dios por
haberme conducido, por entre aquellas inmensidades tenebrosas, al único punto tal vez en
que podía llegar hasta mi la voz de mis compañeros.
Este sorprendente efecto de acústica se explicaba fácilmente por las solas leyes físicas;
provenía de la forma del corredor y de la conductibilidad de la roca; existen muchos
ejemplos de la propagación de sonidos que no se perciben en los espacios intermedios.
Recuerdo varios lugares donde ha sido observado este fenómeno, pudiendo citar, entre
otros, la galería interior de la cúpula de la catedral de San Pablo, de Londres, y, sobre
todo, en medio de esas maravillosas cavernas de Sicilia, de esas latomías situadas cerca
de Siracusa, la más notable de las cuales es la denominada la Oreja de Dionisio
Todos estos recuerdos acudieron entonces a mi mente, y vi con claridad que, supuesto
que la voz de mi tío llegaba hasta mi, no existía ningún obstáculo entre ambos. Siguiendo