y la especie de pelusa que le rodeaba era menos roja. La mejor sugerencia que puedo
hacer es que se trataba de una luz roja muy brillante, vista a través de una espesa niebla,
que la rodeaba como un fuerte halo. Ésta es la mejor descripción que puedo hacerles.
Otras personas paseaban por cubierta, y, honradamente, acaso debería mencionar que
ellas parecieron ver aquellas luces con forma de cigarros, de cilindros, de discos y de
ovoides, e, inevitablemente, de platillos. Nosotros, no. Lo que es más: nosotros no vimos
ocho, ni nueve ni una docena. Vimos cinco.
El halo podía ser o no podía ser debido al chorro de un avión a propulsión; pero no
indicaba ninguna gran rapidez. Las cosas crecían de tamaño muy lentamente a medida
que se acercaban. Hubo tiempo suficiente para que la gente regresara al salón y avisara a
sus amigos para que las vieran; de ese modo, se formó un grupo de pasajeros a lo largo
de la cubierta, mirándolas y haciendo conjeturas.
Por no tener escala a mano, no podíamos juzgar sobre el tamaño ni sobre la distancia
a que se encontraban. De todo lo que podíamos estar seguros era de que descendían con
gran parsimonia, como si no tuvieran prisa.
Cuando el primero de ellos tocó el agua, se produjo una especie de surtidor que se
abrió en forma de pluma sonrosada. Luego, rápidamente, surgió otro chorro más bajo,
pero más ancho, que había perdido el matiz sonrosado, y era simplemente una nube
blanca a la luz de la luna. Empezaba a esfumarse cuando el ruido que producía nos llegó
como un silbido seco. El agua que rodeaba el sitio burbujeó, hirvió y espumeó. Cuando el
vapor de humo desapareció, nada quedaba por ver allí, excepto una mancha de
turbulencia que se iba amortiguando paulatinamente.
Entonces, el segundo de ellos se introdujo en el mar, de la misma forma que el anterior
y casi en el mismo sitio. Uno tras otro, los cinco se sumergieron en el agua con gran
expansión de líquido y silbido de vapor. Luego este vapor de humo aclaró, dejando ver
solamente unos cuantos parches contiguos de agua perturbada.
A bordo del Guinevere sonaron las campanas y cambió la pulación de las máquinas.
Empezamos a cambiar de ruta. La tripulación se dispuso a tripular los botes; los hombres
se prepararon a arrojar los salvavidas...
Cuatro veces recorrimos lentamente el área, buscando. No había rastro de nada. El
agua se extendía en torno nuestro, a la luz de la luna, tranquila, vacía, imperturbable...
A la mañana siguiente envié mi tarjeta al capitán. Por aquellas fechas yo tenía mi
trabajo pendiente con la E.B.C., y le expliqué que, seguramente, estarían dispuestos a
admitir un relato mío sobre los sucesos de la noche anterior.
Me dio la respuesta corriente:
- ¿Querrá usted decir con la B.B.C.?
La E.B.C. era, por entonces, una emisora recién inaugurada. La gente, acostumbrada
desde hacía muchísimo tiempo al monopolio que la B.B.C. ejercía sobre el espacio
británico, encontraba aún dificultad en acostumbrarse a la idea de un servicio de radio
competitivo. La vida hubiera sido mucho más sencilla también si alguien no hubiese tenido
la idea, en los primeros momentos de la emisora, de titularla, contra viento y marea, la
English Broadcasting Company. Fue una de esas tonterías que nos creó dificultades a
medida que pasaba el tiempo y que nos llevaba a dar explicaciones como la que di
entonces:
- La B.B.C., no; la E.B.C. La nuestra es una emisora de radio comercial, la más amplia
de Inglaterra..., etcétera.
Y cuando ya hube aclarado eso, añadí:
- Nuestro servicio de noticias exige exactitud, y como cada pasajero tiene su propia
versión de este hecho, espero que usted acceda a que le exponga la mía, accediendo
usted, a su vez, a exponerme la suya, que será la oficial.
Asintió, aprobando mi punto de vista.
- Adelante. Explíqueme su versión - me invitó.