- Con informe o sin informe, mistress Watson, no puedo dar ninguna explicación que
tenga visos de verosimilitud..., y aunque esto no es para publicarlo, dudo de que alguien
más del Servicio la tenga.
Así, pues, con el asunto en un estado nada satisfactorio, nos marchamos.
Sin embargo, la prohibición duró un tiempo más breve del que esperábamos. Una
semana después, cuando íbamos a sentarnos a la mesa para comer, nos telefoneó.
Phyllis cogió el auricular.
- ¡Hola, mistress Watson! Me alegro de que sea usted. Tengo buenas noticias para
ustedes - dijo la voz del capitán Winters -. Acabo de hablar con los directivos de la E.B.C.
y les he dado permiso, en cuanto a lo que nosotros nos concierne, para que radien el
relato de ustedes: es decir, la historia completa.
Phyllis le dio las gracias por la noticia.
- Pero ¿qué ha sucedido? - preguntó.
- Sea lo que fuere, el asunto ha trascendido. Lo oirán ustedes esta noche en las
noticias de las nueve, y lo leerán mañana en los periódicos. Teniendo en cuenta las
circunstancias, he considerado que ustedes debían quedar libres para actuar tan pronto
como fuera posible. Sus señorías comprendieron el hecho... En efecto, quieren que el
relato de usted sea radiado inmediatamente. Esto es lo que hay. Y les deseo un gran éxito
y mucha suerte.
Phyllis volvió a darle las gracias y colgó.
- Bien. ¿Qué supones que ha sucedido? - inquirió.
Tuvimos que esperar hasta las nueve para averiguarlo. La noticia dada por la radio
oficial era breve pero suficiente desde nuestro punto de vista. Informaba, sencillamente,
que una unidad naval americana, que realizaba investigaciones en las profundidades de
las aguas próximas a las islas Filipinas, había experimentado la pérdida de una cámara
de profundidad, con una tripulación de dos hombres.
Casi inmediatamente después, la E.B.C. llamó por teléfono para decir muchas cosas
sobre la prioridad. Alteró su programa y radió el relato.
El locutor nos dijo más tarde que el relato había sido un éxito. Radiado inmediatamente
después del anuncio americano, conseguimos el máximo de interés popular. Sus señorías
estaban encantadas también. Aquello les proporcionó la oportunidad de demostrar que
ellos no iban siempre a la zaga del gobierno americano..., aunque no creo que hubiera
necesidad de haber hecho a los Estados Unidos el regalo de una primera publicidad. De
todas formas, a la vista de lo que siguió, supongo que no es de gran importancia.
Phyllis volvió a escribir una parte de su relato, haciendo más hincapié en lo referente a
la fusión de los cables. A nuestras manos llegó una oleada de correspondencia; pero
después de examinarse todas las explicaciones y todas las sugerencias ninguno de
nosotros sabía más que antes.
Apenas podía esperarse que ocurriera otra cosa. Nuestros oyentes no habían visto
nunca los mapas, y en este estudio no se le había ocurrido al público en general que
hubiera podido haber alguna relación entre las catástrofes submarinas y el, en cierto
modo demodé, tópico de las bolas de fuego.
Pero si, como parecía, la Marina Real estaba dispuesta simplemente a descansar
durante una temporada y examinar el problema teóricamente, la Marina de los Estados
Unidos no lo estaba. Extraoficialmente, nos enteramos de que ellos estaban
preparándose para enviar una segunda expedición al mismo lugar donde ocurriera la
pérdida del batiscopio. Nosotros solicitamos inmediatamente ser incluidos en ella, pero
fuimos rechazados. No sé cuántas otras personas solicitaron lo mismo que nosotros, pero
fueron bastantes para formar una segunda pequeña expedición. Nosotros no