Volvía a mirarla con admiración.
- Eso es magnífico, darling. Eres una verdadera Mata Hari.
Phyllis ignoró la ironia.
- Lo más importante de todo es que me dará una tarjeta de presentación para el doctor
Matet, el oceanógrafo.
Se puso en pie.
- Pero, darling. la Sociedad Oceanográfica ha amenazado más o menos con la
excomunión a todo aquel que trate con nosotros después del último relato que hicimos...
Eso forma parte de su línea anti - Bocker.
- Bueno. Pero resulta que el doctor Matet es amigo del capitán. Ha visto sus mapas
sobre las incidencias de los globos de fuego, y es un medio convencido. De cualquier
forma, nosotros no somos unos hinchas de Bocker, ¿verdad?
- Lo que nosotros creemos que somos no es necesario que lo crean otras personas.
Sin embargo, si él lo desea... ¿cuándo podremos verle?
- Espero verle dentro de pocos días, darling.
- ¿No crees que yo debería?
- No. Pero sería estupendo por tu parte que confiaras en mí.
- Sin embargo...
- No. Y me parece que ya es hora de que nos vayamos a la cama - dijo Phyllis,
firmemente.
El comienzo de la entrevista de Phyllis fue, según informó, casi normal.
- ¿La E.B.C.? - dijo el doctor Matet, alzando las cejas, como si fueran dos tapas de
miniaturas -. Creí que el capitán Winters había dicho la B.B.C.
Era un hombre de cara ancha, casi barbilampiño, que daba a su cabeza el aspecto de
pertenecer a una cara mucho más ancha aún. Su atezada frente era alta, y muy
pulimentada hasta la coronilla. Según dijo Phyllis, le produjo la impresión de ser
sobresaliente.
Ella suspiró para sí, comenzando la rutinaria explicación sobre la existencia de la
English Broadcasting Company, manejándole con tacto hasta que consiguió llevarle a la
posición desde donde nos considerase como personas suficientemente amables que se
esfuerzan por superar las desventajas de ser consideradas como oráculo ligeramente de
segunda clase. Luego, tras aclararle que cualquier material que pudiera suministrarnos
permanecería en el más absoluto anonimato, se hizo más locuaz.
Lo malo fue, desde el punto de vista de Phyllis, que se expresó en un estilo
completamente académico, empleando innumerables palabras raras y ejemplos que ella
tuvo que interpretar lo mejor que pudo. En resumen, lo que quiso decir fue lo siguiente:
Hacía un año se empezó a informar sobre ciertas alteraciones de color (decoloración)
en las corrientes de cierto océano. La primera observación de esta clase se había
efectuado en la corriente de Kuroshio, en el Pacífico Norte... Se trataba de una suciedad
desacostumbrada que flotaba hacia el noroeste y que se hacia menos visible a medida
que se ensanchaba a lo largo del West Wind Drift, hasta que ya no era perceptible a
simple vista.
- Se cogieron muestras y se enviaron para su examen, por supuesto, ¿y qué cree usted
que resultó ser esa alteración de color, esa decoloración? - preguntó el doctor Matet.
Phyllis le miró, mostrando enorme expectación.
- Principalmente, limo radiolariano, pero con un apreciable porcentaje de limo
diatomáceo.
- ¡Qué cosa tan notable! - exclamó Phyllis, con seguridad en sí -. ¿Y qué cosa en el
mundo produciría un resultado semejante?