y la tensión lo estaba manteniendo un poco separado del suelo. Algunas personas
cogidas gritaban y luchaban; otras eran como un montón informe de ropas.
Entre ellas vi a la infeliz Muriel Flyng. Yacía en el suelo de espalda, arrastrada por los
guijarros por un tentáculo que la agarraba por sus cabellos rojizos. Se había herido
gravemente al caer al suelo cuando fue arrojada por la ventana de su habitación, y gritaba
llena de terror. Leslie era arrastrada casi al lado de ella; pero, al parecer, había tenido la
suerte de partirse el cuello al caer por la ventana.
En la parte más alejada de la plaza vi a un hombre corriendo con la intención de liberar
a una mujer que estaba gritando; pero cuando le tocó el pelito que la sujetaba, su mano
quedó pegada a él, y ambos fueron arrastrados juntos. Mientras observaba todo esto,
daba gracias a Dios por haber agarrado el brazo de Phyllis y no el pelito al tratar de
liberarla de él.
A medida que el círculo se contraía, los pelitos blancos se acercaban los unos a los
otros. El pueblo que luchaba tocaba involuntariamente más de ellos, y cada vez quedaba
más enredado en sus redes. Luchaban como moscas atrapadas a un papel
atrapamoscas. Existía una implacable deliberación respecto a ello que le hacía parecer
horrible, como cuando uno observa a través del objetivo de una cámara lenta.
Entonces me di cuenta de que otra de las pompas de jabón estaba balanceándose en
el aire, y retrocedí apresuradamente antes que estallara.
Tres pelitos más entraron por la ventana, permanecieron por un momento como
cuerdas blancas sobre el suelo y empezaron después a retroceder. Cuando hubieron
desaparecido a través de la ventana, me alcé un poco para mirar por ella, otra vez. En
varios sitios de la plaza había grupos de gente que luchaban desesperadamente. El
primero y el más cercano se había contraído hasta que sus víctimas quedaron
amontonadas formando una dura pelota de la que surgían aún algunos brazos y piernas
que se movían sin remision. Luego, mientras yo observaba, la entera masa compacta se
inclinó y empezó a alejarse de la plaza rodando hacia la calle por donde habían llegado
los tanques marinos.
Las máquinas, o, mejor dicho, las cosas, que aún permanecían en el mismo sitio donde
habían parado, producían la impresión de gigantescas babosas grises, cada una de las
cuales dedicada a producir varias de sus asquerosas pompas en diferentes etapas.
Retrocedí de nuevo cuando otra de aquellas pompas se desprendió de su babosa; pero
esta vez no entró por la ventana. Me aventuré un momento para cerrar las puertas de la
ventana y tuve la suerte de hacerlo a tiempo. Tres o cuatro de aquellos pelitos golpearon
contra el cristal con tal fuerza que uno de ellos se rajó.
Entonces pude atender a Phyllis. La levanté del suelo y la tumbé en la cama,
desgarrando un trozo de sábana para vendarle el antebrazo.
En el exterior continuaban los lamentos, los gritos y el tumulto, y entre ellos se oían
algunos tiros.
Cuando terminé de vendar el antebrazo de Phyllis, volví a mirar otra vez hacia la plaza.
Media docena de objetos, que ahora parecían como duras y redondas balas de algodón,
rodaban hacia la calle que conducía al puerto. Regresé de nuevo al lado de Phyllis y
desgarré otro trozo de sábana para vendar los dedos de la mano izquierda de mi mujer.
Mientras lo hacía oí un ruido diferente sobre el tumulto de afuera. Dejé la venda de
algodón y corrí a la ventana a tiempo de ver un avión que volaba a baja altura. El cañón
situado en una de las alas comenzó a disparar, y retrocedí de nuevo, tirándome al suelo
para quitarme de la línea de tiro. Hubo una espantosa explosión. Simultáneamente las
ventanas se abrieron, se apagaron las luces y en la habitación entraron trozos de algo
que zumbaba al pasar.
Me levanté. Las luces exteriores se habían apagado también, así, pues, era difícil
averiguar qué había pasado. Sin embargo, pude ver, al otro extremo de la plaza, que uno
de los tanques marinos comenzaba a ponerse en movimiento. Se deslizaba por el camino