apresuradamente, y el éxodo no fue todavía más que un ligero gotear de personas. La
verdadera inquietud llegó con las mareas de la primavera siguiente.
Esta vez se advirtió concienzudamente a las partes que, probablemente, serían las
más afectadas. Sin embargo, la población lo tomó obstinada y flemáticamente. Habían
tenido ya experiencia para aprenderlo. La principal respuesta fue trasladar las cosas a los
pisos más altos y gruñir en voz alta sobre la ineficacia de las autoridades, incapaces de
protegerlos del mal que los envolvía. Se fijaron avisos indicando las horas de la marea
alta con tres días de antelación, pero las precauciones sugeridas se hacían de forma tan
solapada, para evitar el pánico, que fueron poco atendidas.
El primer día pasó sin peligro. Durante la tarde de la marea más alta, gran parte de
Londres permaneció en pie esperando que pasara la medianoche y la crisis, con un
humor de mil diablos. Fueron retirados los autobuses de las calles, y el metro suspendió
su servicio a las ocho de la noche. Pero mucha gente permaneció fuera de sus casas, y
paseó hasta el río para ver lo que pudiera verse desde los puentes. Para ellos era un
espectáculo.
La tranquila y aceitosa superficie trepó lentamente hasta alcanzar los pilares de los
puentes y chocó contra los muros de sustentación. Las cenagosas aguas se dirigían
corriente arriba sin apenas ruido, y los grupos estaban también casi silenciosos,
contemplándolas con aprensión. No había miedo a que alcanzaran lo alto de la muralla; la
altura calculada era de unos diez metros, lo cual dejaba un margen de seguridad de un
metro con veinte centímetros hasta la parte más alta del nuevo parapeto. Lo que producía
más ansiedad e inquietud era la presión de las aguas.
Desde el extremo norte del puente de Waterloo, en donde nosotros nos hallábamos
estacionados esta vez, podía verse toda la parte alta de la muralla, con el agua corriendo
a gran altura a un lado de ella, y, al otro, el paseo de Embankment, con las farolas
luciendo todavía, pero sin que se vieran en él vehículos ni personas. Más allá, hacia el
oeste, las agujas del reloj de la torre del Parlamento giraban alrededor de la iluminada
esfera. El agua subía mientras la aguja mayor se movía con insoportable lentitud hacia las
once. La campana del Big Ben dando la hora llegó claramente a los silenciosos grupos,
arrastrando su sonido por el viento.
El sonido de la campana hizo que los grupos murmurasen entre sí; luego, volvieron a
quedar silenciosos de nuevo. La aguja grande empezó a descender: las once y diez, las
once y cuarto, las once y veinte, las once y veinticinco... Entonces, justamente antes de
marcar las once y media, llegó el ruido de un tumulto de algún lugar situado río arriba. El
viento nos trajo un grupo de voces descompuestas. La gente que nos rodeaba alzó la
nariz y comenzó a murmurar otra vez. Un momento después vimos acercarse el agua. Se
extendía a lo largo del Embankment, en dirección a nosotros, formando una corriente
amplia y cenagosa que arrastraba a su paso escombros y árboles, y que, tumultuosa,
pasó por detrás de nosotros. De los grupos surgió un alarido. De repente se oyó un
crujido a nuestra espalda, y el alboroto producido por el derrumbamiento de una
construcción, mientras una sección de la muralla, justamente donde había estado anclado
últimamente el Discovery, se venía abajo. El agua se coló por la brecha, arrastrando
bloques de cemento, mientras que la muralla se derrumbaba ante nuestros ojos y el agua
caía en forma de enorme catarata cenagosa sobre el paseo.
Antes que llegase la marea siguiente, el gobierno arrojó el guante de terciopelo.
Después de anunciarse el estado de emergencia, se dio una orden de permanencia y la
proclamación de un ordenado plan de evacuación. No necesito relatar aquí las dilaciones
y las confusiones a que dio lugar el plan. Es difícil creer que pudiese ser tomado en serio
hasta por aquellos que lo lanzaron. Desde el principio pareció extenderse una atmósfera
de incredulidad sobre todo el asunto. Era imposible toda labor. Algo hubiera podido
hacerse, tal vez, si se hubiese tratado solamente de una ciudad; pero con más de las dos
terceras partes de la población del país ansiosa por marchar a un territorio más elevado,