pasajeros. Su hijo y corregente José II adula, con la impaciencia de un príncipe heredero,
a Federico el Grande, el cual, durante toda la vida ha perseguido y vejado a María Teresa,
y corteja a Voltaire, a quien ella, como católica piadosa, odia como al Anticristo. Su otra
hija, destinada también por ella a sentarse en un trono, la archiduquesa María Amalia.
apenas casada en Parma, escandaliza a toda Europa con la ligereza de sus costumbres: al
cabo de dos meses de matrimoni o dilapida las finanzas, desorganiza el país, se divierte
con amantes. Y también la otra, la de Nápoles, le hace poco honor; ninguna muestra
seriedad ni severidad moral. Y la inmensa obra de abnegación y sacrificio por la cual la
gran emperatriz había renunciado implacablemente a toda su vida personal y privada, a
toda alegría, a todo placer fácil, se le presenta como ejecutada sin sentido. Lo que
preferiría sería refugiarse en un convento, y sólo el temor, inspirado en un justo
presentimiento, de que su aturdido hijo destrozará inmediatamente con irreflexivos
experimentos todo lo que ha edificado ella, conserva firme mente el cetro en poder de la
antigua luchadora, cuyas manos, desde hace ya mucho tiempo, están fatigadas de
sostenerlo.
Tampoco se hace ninguna ilusión aquella gran conocedora de caracteres acerca de su
hija tardía María Antonieta; sabe las buenas cualidades de su hija más joven -su gran
bondad y cordialidad, su puro y alegre buen sentido, su natural humano y sincero-, pero
conoce sus peligros: su falta de madurez, su aturdimiento, su ligereza, su inconsecuencia.
Para estar más cerca de ella, para formar en el último momento una reina con esta
ardiente bestezuela silvestre, hace que María Antonieta duerma en su propia habitación
los dos últimos meses antes de su partida; con largas conversaciones, procura prepararla a
desempeñar su alto puesto; y para obtener la ayuda del cielo, lleva consigo a la niña a una
peregrinación a Mariazell. Pero a medida que está más próxima la hora de la despedida,
más intranquila se siente la emperatriz. Un oscuro presentimiento le turba el corazón: el
presentimiento de una desgracia futura, y emplea todas sus fuerzas en desechar las
tenebrosas potencias. Antes de la partida entrega a María Antonieta su amplio directorio
de conducta y exige de la descuidada niña el juramento de que lo leerá cada mes
concienzudamente. Aparte la misiva oficial, escribe además una carta particular a Luis
XV en la cual la anciana dama conjura al anciano rey para que tenga indulgencia con el
infantil aturdimiento de la joven de catorce años. Pero ni aun con eso se acalla su interna
intranquilidad. Aún no puede haber llegado a Versalles María Antonieta cuando le repite
ya la advertencia de que consulte aquel escrito admonitorio. «Te rec uerdo, mi hija
querida, que el 21 de cada mes vuelvas a leer aquella hoja. Te suplico que seas fiel
cumplidora de este deseo mío: no temo para ti más que tu negligencia para orar y hacer
lecturas, y los descuidos y pereza que vendrán de ello. Lucha contra todo esto... y no
olvides a tu madre, la cual, aunque alejada, no cesará, hasta su último aliento, de estar
preocupada por ti.» En medio del júbilo universal por el triunfo de su hija, la anciana
señora va a la iglesia y suplica a Dios que aleje el daño que ella sola, entre todos,
presiente.
Mientras la gigantesca cabalgata -trescientos cuarenta caballos que tienen que ser
mudados en cada casa de postasatraviesa lentamente Austria y Baviera, y, al cabo de
innumerables fiestas y recepciones, se acerca a la frontera, carpinteros y tapiceros
martillean en la isla del Rin, entre Kehl y Estrasburgo, construyendo una extraña
edificación. En este punto, los grandes maestros de ceremonia de Versalles y
Schoenbrunn han obtenido su mayor triunfo; después de infinitas deliberaciones acerca
de si la entrega solemne de la novia debe verificarse en territorio aún austríaco o ya en
tierra francesa, alguien de entre ellos, muy ladino, encuentra la salomónica solución de
que el acto tenga lugar en una de las deshabitadas islitas de arena del Rin entre Francia y