Vermo nd. y sé, por medio de la marquesa de Durfort, hasta la palabra más insignifcante
que charla con sus tías. Poseo además, otros me dios y caminos para conocer lo que pasa
en la cámara del rey cuando se encuentra a11í la delfïna. Añado a esto mis propias
observaciones, en forma que no hay ni una sola hora del día acerca de la cual no pueda
decir, con conocimiento, lo que la delfina ha hecho, dicho a oído. Y extiendo siempre tan
allá mis investigaciones por si es necesario para tranquilidad de Vuestra Majestad.» Todo
lo que oye y acecha este fiel y honrado servidor lo comunica con la más completa
veracidad y sin miramiento alguno. Correos especiales, ya que los recíprocos robos de
correspondencia representan entonces el arte principal de la diplomacia, transportan estos
íntimos informes, exclusivamente destinados para María Teresa, los cuales ni una sola
vez son accesibles al canciller de Estado o al emperador José, gracias a la cerrada
envoltura con la inscripción:
«Tibi soli»
. Cierto que a veces se asombra la inocente María
Antonieta de lo rápida y detalladamente que están informados en Schoenbrunn sobre cada
particular de su vida, pero jamás llega a sospechar que aquel canoso señor tan
amistosamente paternal sea el espía íntimo de su madre y que las cartas exhortadoras,
misteriosamente omniscientes, de la emperatriz estén pedidas a inspiradas por el propio
Mercy, pues Mercy no tiene otro medio de influir en la indómita muchacha sino
acudiendo a la autoridad materna. Como a embajador de una corte extranjera, aunque sea
amigo, no le es permitido dar reglas de conducta moral a la heredera del trono, no puede
tener la pretensión de educar a la futura reina de Francia o de querer infuir sobre ella. De
este modo, cuando quiere alcanzar algún objeto, encarga siemp re una de aquellas cartas,
cariñosamente several, que María Antonieta recibe y abre con corazón palpitante. No
sometida a nadie más sobre la tierra, esta niña frívola experimenta siempre un sagrado
temor cuando le habla su madre, aunque sólo sea por escrito, a inclina entonces
respetuosamente la cabeza, aun ante la más severa censura.
Gracias a esta vigilancia perenne, María Antonieta, durante los primeros años, está a
salvo de los peligros exteriores y de sus demasías intemas. Otro espíritu, otro más fue rte,
la grande y perspicaz inteligencia de su madre, piensa en lugar de ella; una resuelta
severidad vela sobre su aturdimiento. Y la culpa que la emperatriz ha cometido con
relación a María Antonieta, sacrificando demasiado pronto su joven vida a la razón de
Estado, trata de redimirla la madre con infinitos desvelos.
Afectuosa, cordial y perezosa para reflexionar, la niña que es María Antonieta no siente
en realidad ninguna antipatía hacia toda esta gente que la rodea. Quiere mucho a Luis
XV, el abuelo político, que la mima amistosamente; soporta pasablemente a las viejas tías
solteronas y a «Madame Etiqueta» ; siente confianza hacia su buen confesor Vermond, y
una afección infantil y llena de respeto por el sereno y cordial amigo de su madre, el
embajador Mercy. Sin embargo, sin embargo... Todas éstas son personas mayores, todas
serias, mesuradas, ceremoniosas, y a ella, la muchacha de quince años, le gustaría
amistarse despreocupadamente con alguien; ser alegre y sentir confianza en alguien;
querría compañeros de juego y no sólo maestros vigilantes y sermoneadores: su juventud
está sedienta de juventud. Pero ¿con quién estar alegre aquí, con quién jugar en esta casa
de frío mármol, solemne y cruel? Según la edad, el verdadero compañero de juegos lo
tendría realmente a su lado: su propio esposo, sólo un año mayor que ella. Pero regañón,
tímido y a menudo grosero por su propia timidez, este lerdo compañero evita toda
confianza con su joven esposa; tampoco él ha demostrado jamás el menor deseo de que lo
casaran tan pronto, y tiene que pasar bastante tiempo antes de que se decida a ser
semicortés con esta muchacha extranjera. De este modo, sólo quedan los hermanos más
jóvenes de su marido, los condes de Provenza y Artois; con aquellos mozue los de catorce
y trece años, respectivamente, tiene a veces María Antonieta chanzas infantiles, se